viernes, 24 de febrero de 2017

En la Irlanda de los cincuenta





Séptima entrega de la serie que Black (Banville) dedica a la novela negra con su gran protagonista Quirke, el peculiar médico forense.
Tiene los mismos ingredientes que el resto de los títulos de la serie, esto es: la presencia constante y casi agobiante del clima, en este caso el calor en un duro verano dublinés; la también constante presencia del tabaco y del alcohol, si bien este menos que en otros episodios por la rehabilitación del protagonista; la crítica de la Iglesia católica algunos de cuyos miembros realizan actos cercanos a la delincuencia (vuelve al salir el recurrente tema de los niños robados); y, por encima de todo, sus personajes de los que muy acertadamente dice Laura Fernández en El Cultural de El Mundo: “Black, como Banville, como los maestros, crea personajes que no son solo personajes, que están vivos, en un mundo paralelo al nuestro, el mundo de la Literatura, con mayúsculas.”
Efectivamente, sus personajes son una de las grandes creaciones de Black. Aquí tenemos a los mismos de siempre (su hija Phoebe, su hermano Mal, su cuñada,…), a los que hay que añadir un gran Sam Corless, padre del asesinado, militante trotskista y que juega un interesante papel.
Ante ello, la trama, como por otra parte sucede prácticamente en el resto de las novelas de la serie, tiene poca importancia. Es bastante sencilla y se irá  resolviendo poco a poco hasta el algo sorprendente final.
Black consigue que estemos pendientes con interés a lo largo de las  más de 300 páginas del libro sin que nos preocupen especialmente los hechos delictivos y eso, en una novela de este género, tiene un gran mérito y es una de las particularidades de este escritor.
Esta séptima entrega es, para mí, una de las mejores de la serie y demuestra que aún le queda recorrido. Entretenimiento de calidad.




Benjamin Black, Las sombras de Quirke. Traducción de Nuria Barrios.

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