viernes, 26 de mayo de 2017

Una pena; final de la tetralogía Ferrante




Hago mía totalmente esta frase de Juan Marsé que la editorial ha puesto en la faja que adjunta a la novela: “Las novelas de Elena Ferrante me han tenido atado al sillón, leyendo y celebrando unas páginas donde la emoción nunca es banal.”
En poco más de un mes he leído las tres últimas entregas de la tetralogía  (dos en los últimos quince días). “Atrapado por Ferrante” titulaba mi comentario a la tercera entrega y he seguido así, atrapado, hasta acabar. Son novelas muy adictivas por muchas razones, pero sobre todo porque tratan de sentimientos y emociones que se reflejan magníficamente en unos personajes construidos casi a la perfección.
Como se dice en el blog entremislibrosyo.blogspot.com:

“Elena Ferrante derrocha oficio y pulso narrativo y hace, a través de sus personajes, gala de un profundo conocimiento de la psicología, especialmente de la femenina. Con un estilo brillante y una prosa directa, sin florituras, la autora es implacable con la historia que narra y es implacable con el lector al que muestra el drama de la vida sin concesiones a través de una saga intemporal porque, de una forma u otra, los problemas de entonces son, por desgracia, los problemas de hoy. Una saga sobre la amistad, sí. Pero, por encima de todo, una saga sobre la vida y las emociones y pasiones humanas (…).” (Remarcado en el original).

O como comenta también José María Guelbenzu en elpais.com:

“Es una novela realista que debe mucho al neorrealismo italiano, pero la tentación costumbrista queda completamente superada por la insuperable capacidad de Ferrante de extraer dramatismo de la cotidianeidad sin rozar siquiera el maniqueísmo. Esa es una virtud impagable.”

Creo que ambos textos dicen mucho mejor de lo que yo podría escribir lo que me ha parecido esta tetralogía.
Es cierto que quizá esta cuarta entrega es la que menos me ha gustado o, mejor dicho, la que menos me ha llegado, pero en cualquier  caso también la he disfrutado.
Me ha parecido que es en esta entrega final  en la que Ferrante ajusta más las cuentas, en lo bueno y en lo malo, con ese Nápoles al que vuelve la narradora. Como ejemplo de lo negativo valgan estos dos fragmentos:

“Todas las noches improvisaba con éxito partiendo de mi experiencia. Hablaba del mundo del que provenía, de la miseria y la degradación, de las furias masculinas y femeninas (…) Hablé de cómo desde que era niña había observado en mi madre y en las otras mujeres los aspectos más humillantes de la vida familiar, de la maternidad, de la sumisión a los Varones. Hablé de cómo por amor a un hombre una mujer puede verse obligada a mancharse de todas las formas posibles de infamia hacia las demás mujeres, hacia los hijos.” (p. 55-56)

“En los apartamentos oía los gritos de hombres, mujeres, niños, sobre todo por la noche. Me espantaban las venganzas entre familias, las hostilidades entre vecinos, la facilidad con que se llegaba a las manos, las guerras entre bandas de niños.” (p. 293)    

En lo positivo, los capítulos que dedica en el tramo final de la obra a describir los lugares más emblemáticos de la ciudad histórica.
En definitiva, estamos ante una obra que a lo largo de más de 2000 páginas nos cuenta muchas historias, nos pone en contacto con muchas realidades, nos presenta un gran conjunto de personajes secundarios y tiene, sobre todo,  dos protagonistas en las que se ve que la autora ha puesto toda su alma y su capacidad de creación, una obra que, insisto, emociona y demuestra lo que puede conseguir la, buena,  literatura.
Menos mal que quedan más novelas de la autora por leer.
Tengo que dar las gracias a la editorial Lumen por traducir la obra de esta escritora,  como lo he hecho recientemente al escribir sobre libros de otra gran escritora italiana,  Natalia Ginzburg



Elena Ferrante, La niña perdida. Traducción Celia Filipetto.

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