Hace tiempo que
Caparrós viene afirmando que la literatura tiene que ofrecer formas distintas
de las tradicionales y con esta novela se pone a ello, aunque no es la primera
vez que lo hace.
Centrado en la ciudad
de Buenos Aires de la que, eso sí, no menciona ni calles ni lugares (creo que
solo el Obelisco y poco más), el autor ofrece una visión caleidoscópica de la
vida en ella utilizando diferentes técnicas y estructuras narrativas desde
breves poemas a relatos más o menos extensos, pasando por pequeñas reflexiones
sobre la vida en la ciudad o diálogos que se interrumpen y se retoman más
adelante. Esta aparente complejidad no evita que la novela se siga bastante
bien, aunque tengo que reconocer que mi mala memoria me ha jugado alguna mala
pasada.
Caparrós, como no
podía ser de otra forma, aprovecha también para tocar algunos temas sociales y hacer la
crítica correspondiente. Así: los programas de televisión con pobres en las
calles, el racismo, los ricos comprando casas bajas y expulsando a los
inquilinos para construir edificios, los abusos sexuales por parte de algunos
curas, más crítica a otros programas de televisión o a determinadas actitudes
políticas, entre otros.
Hay tres historias
que se van desarrollando a lo largo de toda la obra. Por una parte, un grupo de
tres amigos que en un momento determinado se plantean realizar un secuestro
para obtener dinero; otra es la de un doctor en diferentes situaciones; y la que
me parece más relevante porque, bajo el título de La casa, va ofreciendo la
evolución de muchos aspectos de la realidad, no solo de la ciudad sino incluso
del país, a partir de varias catas en diferentes años desde 1908 hasta 2007;
realmente esta historia constituye una novela en sí misma.
Por lo que se refiere
al resto de pequeñas historias hay una variedad enorme y Caparrós ha echado
mano de un amplio repertorio de temas y personajes. Así: una mierda en el suelo
y diferentes pasos para enfrentarla, un limpiabotas y su visión de abajo a
arriba, un conjunto de piropos callejeros bastante bastos, un pizzero, un
taxista, uno que mata a la mujer y a su amante con agua hirviendo, un semáforo y
las actitudes de los diferentes conductores mientras esperan el cambio de
luces, un policía corrupto, un barrendero y un largo etcétera.
Finalmente, varias
decenas de reflexiones sobre la ciudad en fragmentos de cinco a diez líneas.
Por ejemplo, una empieza: “Una ciudad es sobre todo lo que no sucede” y pone
algunos ejemplos; o “La ciudad come con denuedo: los amigos se encuentran a
comer, las parejas salen a comer, las familias se juntan a comer” y sigue.
Creo que con esto es
suficiente para hablar del contenido. Tratándose de Caparrós tan importante, o
más que esto, es la forma de contarlo, esa gracia que tiene para construir
frases, su magnífica utilización del lenguaje, su mala leche en algunos pasajes,
su ironía en otros y siempre su capacidad para respetar a los humanos
haciéndose cargo de lo ricos que somos en muchas cosas, pero también de lo
pobres que somos en otras.
Como he dicho ya
tantas veces en el blog, Caparrós es quizá el periodista que más me gusta e
interesa, pero también he seguido gran parte de su obra de ficción. Por eso
está en la sección de este blog dedicada a Mis autores favoritos y soy muy
sospechoso cuando digo que esta obra es absolutamente recomendable. Yo, desde
luego, la he disfrutado mucho y me ha sorprendido porque esperaba una visión algo
nostálgica de su ciudad que la novela no tiene, al menos de forma explícita.
Martín Caparrós,
Bue.
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