Con esta novela inició Padura la serie que tiene como
protagonista al personaje de Mario Conde que va ya, creo, por la novena
entrega. Como ya he dicho en anteriores entradas en el blog comentando otros
volúmenes de la serie, esta la estoy leyendo de forma totalmente desordenada lo
que, por el tipo de historias, no importa demasiado.
Esta primera entrega me ha resultado especialmente
interesante porque en ella el autor nos presenta no solo a Conde, sino también a
otros personajes que luego tendrán mayor desarrollo e intervenciones en los
sucesivos libros.
En este sucede algo parecido a los que le siguen y es
que la trama propiamente policiaca no es demasiado importante ni, me atrevería
a decir, lo que más pueda atraer del
texto. Hay una desaparición del director de una empresa del Estado y el
teniente Conde debe resolver qué ha pasado. Como el desaparecido fue en su día
compañero de Conde en el Pre(universitario) en La Habana, el autor aprovecha
para que, utilizando la primera persona, el policía cuente cosas de esa época y
así de paso va presentando a diferentes personajes que como amigos forman parte
de todas las historias de la serie. Así, Conejo, Andrés y, sobre todo, El Flaco
Carlos y su madre Josefina que es quien hace las comidas que no pueden faltar en
una novela de estas características desde que Vázquez Montalbán lo hizo en las
de su Carvalho.
Otra característica que no falta tampoco en ninguna de
las novelas es alguna referencia a la situación social, económica e incluso política
de la isla. En este caso son muy escasas quizá porque el libro está escrito en
1990-1991, es decir, antes del periodo especial y de que empezasen los graves problemas
que luego ha habido. Apenas aparecen en una alusión a censura en una revista cuando
estudiaban, otra a cierta inseguridad y, la más relevante, la corrupción de
algunos altos cargos.
Todo ello servido con la buena escritura de Padura, con
esos personajes siempre bien construidos y representativos y con los buenos
diálogos en los que emplea el rico lenguaje de la gente de la calle (aunque en
este caso lo utilice menos que en otras novelas).
En definitiva, se trata de un magnífico
entretenimiento.
Leonardo Padura, Pasado perfecto.
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