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lunes, 20 de junio de 2022

Periodismo del bueno


Este es el cuarto libro que leo del autor y con él termino con los publicados en España por este valiente, comprometido y magnífico periodista y escritor salvadoreño. En menos de medio año me he empapado de un conjunto de lacerantes realidades de esa zona del mundo de la que apenas llegan informaciones más allá de alguna elección presidencial o alguna matanza más “espectacular” de lo habitual.

En este libro se recogen catorce crónicas escritas y publicadas entre 2011 y 2015 que el autor ha dividido en tres partes: Soledad, La locura y La huida, aunque yo creo que casi en cada historia que cuenta hay algo tanto de soledad como de locura y, desde luego, de huida.

Jueces, policías y políticos corruptos se pasean por sus páginas, junto a matones, corruptores, traficantes de cualquier cosa o persona, pandilleros, coyotes, etc.

Tres son los temas que más aparecen en las crónicas: las pandillas, el tráfico de migrantes y la trata de blancas. Los lugares en los que se desarrollan son: México como paso hacia el vecino del norte, Honduras, Guatemala y El Salvador como lugares de procedencia de los protagonistas.

Unos protagonistas que no suelen tener buenos finales desde el Niño de Hollywood (al que dedicó todo un libro) a la mayoría de los migrantes que terminan secuestrados hasta que sus familiares pagan el resto de la deuda (hablamos de cifras de miles de dólares), siempre que su coyote haya pagado antes a los Zeta mexicanos. O también esos testigos protegidos a los que apenas si se les da la comida y poco más o casos como el de “Grecia” que denuncia ante la fiscalía las violaciones padecidas para que al final el juez deje libre a los violadores.

Situaciones que se resumen muy bien en el siguiente fragmento:

“Los sicarios asesinan. Los traficantes corrompen, matan o amenazan A, B o C. Las bandas de robacarros son un rayo, actúan en un santiamén. Los tratantes son como el agua que horada la piedra: inclementes, persistentes. Ellos necesitan a su víctima viva y asustada. Viva y aterrorizada. Viva y sumisa. Las golpizas de la finca de Barberena no eran un correctivo para las atizadas. Ellas eran, para los tratantes, muestras vivientes. Las golpizas eran un correctivo para las demás mujeres: Vean lo que les puede ocurrir”. (p. 216)

Ninguna de las historias de estas crónicas deja indiferente.  Unas golpean el hígado, otras el riñón, otras la mandíbula y todas dejan con el corazón en un puño. Es difícil entender desde las tranquilas aguas de este occidente, por otro lado bastante adormecido y despreocupado de otra cosa que no sea mirarse el ombligo, tanta violencia y, en el fondo, tanta maldad, porque maldad hay; no todas las violencias son iguales, todas son horribles, pero algunas además hacen gala de sadismo.

Claro que tampoco en la zona afecta a todo el mundo por igual, pues como dice Martínez en referencia a un tema muy concreto: “Para la clase obrera de este país las pandillas nunca son algo lejano. En todo caso, pueden ser un problema menos cercano”. (p. 227)

Un aspecto interesante de las crónicas de este escritor es que siempre se basan en conversaciones con personas implicadas tanto víctimas como verdugos y en una presencia constante en la zona en la que suceden los hechos. Por esto hablaba antes de la valentía y el compromiso del autor.

El libro se abre con una Nota preliminar, dirigida a un hipotético lector estadounidense, que es un ejemplo de todo lo que se puede transmitir en apenas tres páginas. Es Óscar Martínez en estado puro.

No solo recomiendo este libro, creo que cualquiera de los cuatro publicados hasta ahora merece mucho la pena. Son duros, reflejan realidades incómodas de leer, pero también están magníficamente escritos y son un buen reflejo de lo que sucede en esa parte del mundo.

Esperando ya una próxima publicación.

 

Óscar Martínez, Una historia de violencia. Vivir y morir en Centroamérica.

 

 

martes, 15 de marzo de 2022

De Centroamérica a Estados Unidos


Descubrí a Martínez a finales del año pasado y este es ya el tercer libro que leo y tengo ya comprado y pendiente otro. En este caso se trata del primer libro que publicó, en 2010, con apenas 27 años, pero es que, además, el “trabajo de campo” lo hizo entre 2008 y 2010. Dicho trabajo consistió en acompañar, junto con un fotógrafo, a una serie de migrantes que desde la frontera norte de Guatemala se dirigían al norte de México para luego cruzar a los Estados Unidos, su destino final.

En el libro se recogen a lo largo de sus 16 capítulos multitud de situaciones y de historias personales. Imagino que todos ellos fueron primero reportajes publicados en Elfaro.net, el digital en cuya creación participó el autor, y luego reunidos en este libro.

Es interesante el orden en el que los ha situado Martínez para su publicación conjunta. Los primeros capítulos se corresponden con los procesos de cruce de la frontera entre Guatemala y México y los primeros pasos en el trayecto, y son de 2008. A continuación están los de la frontera norte entre México y Estados Unidos, y son de 2009 junto con otros dos que son posteriores a la primera publicación del libro. Un aspecto que hay que destacar son las breves introducciones que se han hecho a cada capítulo para esta edición y que son muy interesantes para situarse en el momento y tener un contexto.

Dice al autor en el Prólogo a la edición española:

 

“Este es un libro de no ficción: Su prosa narrativa tiene dos propósitos: intentar que el lector permanezca, sepa, e intentar mostrar en lugar de decir. Hacer algo más parecido a abrir una ventana tras la que ocurren cosas y no presentar un informe. Tras esta ventana no ocurren cosas buenas”. (p. 8)

 

Efectivamente, tras esa ventana el mundo que se nos aparece es realmente terrible: violencia de diversa índole, malos tratos, abusos, robos, secuestros, peligros de todo tipo y, además, todo practicado contra la gente que huye (porque en el fondo todos huyen de algo), que no son precisamente los privilegiados de sus sociedades, por otra gente que tampoco está en la zona alta de la suya: De alguna manera me atrevería a decir que son pobres robando a pobres; o desgraciados robando a desgraciados (tomando este término en sus dos acepciones: crítica en el primero y descriptiva en el segundo).

Hay viajes peligrosísimos en el techo de La Bestia, el tren; entrevistas con tres “esclavas invisibles”; descripción de secuestros y de la existencia de las “casas de seguridad” donde se amontonan los secuestrados; explicaciones de por qué y de qué huyen; visita a pueblos fantasma en la frontera norte; paseos acompañando a un patrullero estadounidense; datos escalofriantes de la violencia en Ciudad Juárez; acompañamientos a la búsqueda de zonas para cruzar, a nado, el Río Bravo. En fin, una descripción exhaustiva de la migración de los centroamericanos hacia el norte.

En este viaje, el tramo más importante es la travesía de México. De ella se dice:

 

“En (cita varios lugares de México), la historia era parecida: las autoridades locales y los grupos criminales formaban un engranaje de reloj suizo, una máquina de moler carne que solo funciona si todos los actores jalan su palanca: alcaldes, gobernadores, agentes de Migración, sicarios, coyotes, secretarios, presidentes”. (p 12)

 

En todos los reportajes hay presencia de migrantes porque, como dije al principio, Martínez lo que hizo fue acompañar y así poder contar lo que sucedía. Evidentemente, tanto él como el fotógrafo (no siempre fue el mismo), tuvieron que pasar sus momentos de miedo, pero es algo que hay que imaginar porque Martínez no suele expresarlo. En todo caso, y como creo que dice en algún momento, ellos se podían volver a su casa; los migrantes no (aunque sí que hay alguno que abandona).

Hasta ahora solo he mencionado el contenido, pero también hay que decir que el autor ya demuestra su calidad literaria y su gran capacidad de transmisión que ha ido creciendo tal y como he podido comprobar en sus últimos escritos, especialmente en Los muertos y el periodista.

Una última cita que es el segundo párrafo del Prólogo:

 

“Digámosla: somos sociedades de mierda. Reformulemos: somos sociedades crueles. Sigamos: somos sociedades capaces de hacer que decenas de miles de personas envidien el cuidado que reciben nuestras mascotas”. (p. 7)

 

Hace dos días estuve viendo con mi hijo de doce años la película Mediterráneo que cuenta la participación de Óscar Camps, su hija y un+ par de compañeros en el salvamento de migrantes en la isla de Lesbos. Una experiencia que le llevó a crear la ONG Open Arms (una organización que tantos problemas ha tenido para desembarcar a la gente que salvaba). Después de verla creo que la cita que acabo de reproducir se queda algo corta sobre la mierda y la crueldad porque, además, aquí se trata de la privilegiada Europa.

En fin, otro magnífico libro de este gran periodista que demuestra en cada texto su compromiso y su batalla por una sociedad mejor.

Hay una reseña muy completa de Francisco Goldman en letraslibres.com.

 

 

Óscar Martínez, Los migrantes que no importan.

 

 

 

jueves, 17 de febrero de 2022

Las maras salvadoreñas


Conocí hace poco a Óscar Martínez al leer su magnífico libro Los muertos y el periodista, el último que ha publicado en España. Me pareció que estaba ante un periodista comprometido y valiente, que entraba en los temas difíciles y que tenía una visión del periodismo que comparto plenamente. Lógicamente, como siempre me sucede en casos así, he comenzado a conocer otros textos y el primero es este que hoy comento en el que, además, ha contado con la colaboración de un hermano que es antropólogo cultural, algo muy importante para el tema que trata el libro que no es otro que las maras salvadoreñas.

Para este estudio los autores han utilizado todo tipo de materiales tal y como enumeran en el Prólogo:

“Escudriñamos en sus relatos y contrastamos con otro tipo de fuentes, como los informes policiales y archivos de hemeroteca, otros pandilleros y expandilleros, policías, jueces, fiscales, familiares, víctimas, forenses. Seguimos reuniéndonos con él cuando abandonó el débil resguardo que le daba el estado salvadoreño en su calidad de testigo protegido…” (p. 10)

Con estos materiales, y tomando como ejemplo y protagonista al exmiembro de la Mara Salvatrucha Miguel Ángel Tobar, el Niño de Hollywood, nos ofrecen una visión general del fenómeno de las maras en su país explicando dónde surgieron y por qué, cómo se trasladaron a El Salvador y cuál ha sido su actividad y su evolución posterior.

Para ello han dividido el texto en cuatro grandes apartados. En el primero, narran su surgimiento en Estados Unidos, más en concreto en California,  y su posterior llegada a su país. En el segundo, se centran en la figura de Tobar cuando está escondido como testigo protegido y tienen varias entrevistas con él. El tercero les sirve para resumir la historia del protagonista a través de epígrafes como: Traidor, Forajido, Tregua, Infierno y Muerte. En el cuarto y último, muy breve, acuden a ver su tumba en el cementerio.

Afirman también en el Prólogo que:

“Éste es un libro escrito en clave de periodismo narrativo. Pretendemos abrir ventanas para que se asomen. Eso sí, lo que hay del otro lado no es agradable.” (p. 11)

Dan así dos de las claves del libro. Su carácter más narrativo que ensayístico y, desde luego, lo poco agradable que resulta lo que se va leyendo. Hay mucha violencia implícita, pero también explícita, tanta que cuando leía lo que se narra en la página 167 tuve que cerrar el libro para darme un respiro, algo que no me sucedía desde que leí un libro sobre las matanzas en Ruanda.

Ese carácter narrativo es una de las grandes virtudes del libro. Los hermanos Martínez escriben muy bien, son capaces de transmitir con mucha claridad informaciones que no siempre son fáciles a pesar de que, como advierten: “Contar esta historia tiene ese riesgo: enredarse. La maraña. Tantas pandillas, tantos nombres, tantos deportados, tantas siglas, tantos apellidos 13, tanto recodo”. (p.97) Efectivamente, hay momentos en que un lector que no conozca el tema, mi caso, se pierde un poco, pero no es demasiado importante porque lo fundamental se sigue perfectamente y con la tensión de no querer dejar el libro para seguir conociendo los diferentes aspectos que van tratando.

Además de narrar la actuación de las maras y del propio protagonista, nos ofrecen informaciones realmente interesantes como son, por ejemplo: el funcionamiento de las “casas de seguridad del estado” que hay para los testigos protegidos, testigos que, por cierto, una vez testifican quedan totalmente abandonados a su suerte; la creación de cárceles específicas para pandilleros en las que, además, no se mezclan miembros de pandillas enemigas; la relación entre los evangélicos y los pandilleros o todo el capítulo titulado la Tregua en el que se muestra cómo triunfa la corrupción entre los políticos.

Libro fundamentalmente descriptivo de una realidad no solo incómoda, sino profundamente deshumanizada porque como dicen:

“Es una mafia, sí, pero sigue siendo una mafia de pobres. El secreto está en que su sueño no es hacerse ricos, sino ser alguien. Ser alguien distinto al que eran. Porque algunos de ellos, como Miguel Ángel, eran pobres desde siempre, pero también humillados, hermanos de niñas violadas, hijos de padres alcohólicos, nómadas. Eran basura.

Nadie en esta vida quiere ser Miguel Ángel Tobar.” (p. 113)

Sin conocer esos orígenes no se pueden entender muchos de sus comportamientos. Tampoco lo difícil que es salir aunque algunos lo consiguen. Así:

“Estos relatos los cuentan hombres y mujeres que los vivieron en carne propia. En su mayoría ya no están ligados a la pandilla más que por un lazo emotivo o a través de viejas amistades. (…) Algunos son maestros en escuelas primarias, otros son plomeros, hay quienes se dedican a predicar las virtudes de Dios desde sus iglesias pentecostales en los barrios olvidados de San Salvador o ciudad de Guatemala”. (p. 57-58)


Es un libro en el que nadie sale bien parado, desde las autoridades de migración estadounidenses, a los policías, jueces y representantes del estado salvadoreño, pasando, claro, por los propios miembros de las pandillas. Un libro duro que habla de cómo un padre deja a su hija para que sea violada por un mayor lo que lleva a su hermano, Miguel Ángel Tobar, de solo 11 años a vengarla; en el que se cuenta que ya como testigo protegido apenas recibe lo necesario para malcomer él, su mujer y su hija pequeña; en el que se dan cifras de los muertos en El Salvador realmente dramáticas, las más altas del mundo; un libro, en definitiva, en el que la pobreza, la violencia y la muerte están permanentemente presentes. Es decir, un libro que no deja indiferente.

Solo me queda dar las gracias a los autores por ser capaces de enfrentarse a esa realidad de la forma en que lo hacen y de transmitirla de una manera tan brillante.

 

Óscar Martínez y Juan José Martínez, El Niño de Hollywood. Una historia personal de la Mara Salvatrucha.

 

 

jueves, 4 de noviembre de 2021

Gran descubrimiento


Efectivamente, digo que ha sido un gran descubrimiento el de este magnífico periodista salvadoreño, sin embargo, aunque no lo recordaba, ya había leído algo de él. En el conjunto de artículos que publicó Leila Guerriero como editora bajo el título de Los malos, hay uno, Miguel Ángel Tobar. El Niño y la Bestia, que estaba escrito precisamente por Óscar Martínez. De él anoté en el libro: “Magnífica narración. Lenguaje difícil a veces. Violencia. Te llega a dar pena un terrible asesino”. Es curioso pero estas frases las puedo repetir en el comentario al libro de hoy.

Y no es el único conocimiento del autor. En estos momentos estoy leyendo Ñamérica, el último, y otra vez espléndido, libro de Martín Caparrós. Ayer mismo eché un vistazo a los agradecimientos  y cuál fue mi sorpresa al encontrarme en el primer párrafo con el nombre de Óscar Martínez.

En definitiva, he leído un libro de alguien del que tienen alta consideración dos de los periodistas mejores que hay hoy en lengua castellana.

Entrando ya en el libro, lo primero que tengo que decir es que lo compré por el título. He escrito ya muchas veces en el blog lo mucho que me interesa el periodismo y todo lo que se escriba sobre él y, claro, este lo lleva ya en el título y con toda la razón porque de periodismo se habla en él todo el tiempo y, obviamente, de muertos, pero no de cualquier tipo de muertos, sino de aquellos producidos por la violencia policial a partir de “enfrentamientos” (eufemismo que utilizan para hablar de los asesinatos).

Martínez creó en el periódico El Faro junto con otros periodistas, alguno hermano suyo, la Sala Negra, esto es, un equipo que se encargaba de las investigaciones de los movimientos migratorios de los salvadoreños y otros centroamericanos hacia el norte y de las muertes que se producían principalmente de miembros de las diferentes pandillas del país.

En este libro lo que hace el autor es analizar la profesión periodística a partir de su propia práctica. Para ello cuenta en detalle varios casos en los que intervino y, al mismo tiempo, va incorporando reflexiones sobre la profesión en general y sobre su propio trabajo en particular.

Los casos son realmente terribles y Martínez los expone con toda su crudeza y sin ahorrar a veces detalles de la enorme violencia ejercida. Siendo esto muy importante, a mí lo que más me ha interesado es todo el conjunto de reflexiones sobre el trabajo periodístico, incluyendo la tremenda sinceridad con la que hace autocrítica de alguna de sus actuaciones, una autocrítica como no había visto hacer nunca. Tan es así que la magnífica reseña y entrevista que Patricia Simón publica en lamarea.com se titula: “Óscar Martínez, el periodista de la brutal honestidad”. 

A quien esté interesado en el contenido de la parte más narrativa del libro, le remito a la reseña mencionada. Por mi parte, prefiero centrarme en reproducir alguna de las frases del texto que hacen referencia a la profesión periodística:


“Entrevistar a un asesino no es proponerle: “Hable, diga su versión.” sino, como a todos, decirle: “hable, yo lo cuestionaré.” A todos: a las víctimas también, aunque esto guste poco y se aleje de las condescendencias buenistas” (p.43)

“A mí -y recalco ese “A mí”- no me importa mucho si un periodista lo hizo porque es un buscador de la justicia o porque quiere ser famoso. A mí me importa mucho si lo hizo bien.

(…)

Si alguien se quiere colgar una capa y excitarse viéndose en el espejo me parece un pendejo, no necesariamente un mal periodista.” (p. 45-46)

“Las señoras pueblerinas y los campesinos iletrados son fuente todos los días en noticieros, periódicos, radios. Los que casi nunca son fuente son los otros, los poderosos. Rara vez los cuestionamos, rara vez se dejan cuestionar, rara vez las cámaras entran a sus residencias con un propósito distinto a elogiar sus jardines y sus muebles. De alguna manera, el periodismo cuenta la historia desde las fuentes oficiales y los pobres.” (p.31)

“Nuestro trabajo no es estar en el lugar indicado a la hora indicada. Ese es el trabajo de los repartidores de pizza o de los trenes. Nuestro trabajo no es decir cosas. Nuestro trabajo son otros verbos: entender, dudar, contar, explicar, desvelar, revelar, afirmar, cuestionar. Ninguno de esos verbos se alcanza solo con lo que sale de la boca de un policía tras un “enfrentamiento”” (p. 26)

“Mentir no es parte del periodismo. Interpretar, sí: opinar, también, pero en todos los idiomas existen las palabras necesarias para decirle al lector que uno, en cuanto aquello, interpreta esto; y que, en cuento a lo otro, opina esto”. (p. 184)

“Es curioso, pero casi todo lo que este gremio reclama a los malos políticos lo imitan los malos periodistas. Estos verbos: inflar, distorsionar, descontextualizar, simplificar, inventar, minimizar, malograr. Mentir. Todos cunden en el oficio.” (p.40-41)


Esto es una breve muestra de las muchas e importantes afirmaciones que hace al autor y que, de alguna manera, le llevan a cuestionar determinadas actuaciones de sus colegas e incluso de él mismo. No las comento porque no creo que sea necesario.

Hay que advertir que al principio cuesta algo seguir el texto por la forma en la que lo estructura Martínez de la que, por otra parte, es plenamente consciente. No importa porque, poco a poco, se entra en él y se van descubriendo las diferentes historias que refiere.

Si digo que es un libro recomendable, creo que me quedo muy corto. Desde luego para quienes estén interesados en el periodismo es un texto imprescindible de un escritor al que me comprometo a seguir con mucha atención. De hecho ya he encargado alguna de sus anteriores publicaciones.

Para terminar otro fragmento que indica de qué tipo de persona se trata:

“Es curioso cómo la gente suele encontrar a Dios en la calamidad. Dios acostumbra a revelarse en las cárceles, guerras, bancarrotas y pandemias. Casi nunca se lo encuentra nadie en los campos de golf o en las casas de playa y los cócteles.” (p.219)

 

Óscar Martínez, Los muertos y el periodista.