En este caso, para no ser menos, se enfrenta al tema de los abusos
sexuales hechos por miembros de la Iglesia católica o, al menos, por gente de
esa confesión.
El libro se articula en cuatro capítulos con los significativos títulos
de: Padre, Hijo, Espíritu Santo y Amén. Además, en los Agradecimientos que
aparecen al final de libro, hay lugar para un libro como Marcial Maciel: historia de un criminal o películas como Spotlight, que demuestran claramente las
intenciones del autor.
La novela está narrada por un joven peruano -acaba de llegar a la
mayoría de edad-, que vive con sus
padres en Nueva York. El padre, también peruano, no quiere volver a su país y,
ante la enfermedad de su madre, envía al hijo para que la ayude. A partir de la
presencia en Perú de James, como se llama el protagonista y narrador, poco a poco
se irán descubriendo diferentes hechos de la vida anterior de su padre que
terminarán explicando no solo su ausencia, sino incluso su deseo de no volver a
pisar su país. Este recorrido es bastante largo pues el libro tiene nada menos
que 394 páginas y da pie a la aparición de varios personajes relevantes en la
vida del padre, alguno de los cuales tiene ciertos parecidos con algún
personaje real.
La técnica que emplea, y que suele ser muy habitual en este escritor, es
la de crear cierto suspense indicando cosas sin llegar a explicitarlas como se
puede ver en el siguiente ejemplo: “ya no tardaría en comprender a qué se debía
la presencia de esos incómodos centinelas”. (p. 205) (Evidentemente sí que
tardó.)
Además de James, son la abuela, el padre y dos profesores de este,
Gaspar y Gabriel Furiase, los personajes principales, pero también hay una
serie de secundarios que le sirven para precisar mejor las situaciones de tal
manera que a alguno le dedica bastante espacio.
Reproduzco a continuación dos fragmentos de la crítica hecha por José Carlos Yrigoyen en elcomercio.pe porque me parece que dan una visión que me gustaría comentar brevemente:
“Leyéndola, recordé lo que Edmund Wilson decía sobre Fitzgerald: en sus novelas había más de un error; no obstante, la vida bullía entre sus páginas. Con este libro me ha pasado lo contrario: todo es limpio, eficiente, bien ensamblado –el ritmo, la tensión, la dosificación de lo que se cuenta–, pero nada respira en ella. Cuando hay dolor, se limita a lo declarativo. Cuando hay pathos, este proviene del departamento de utilería”.
“ (…) el trágico espesor de los destinos dañados por una organización consagrada a la destrucción de cuerpos y mentes apenas se percibe, jamás se desarrolla ni trasciende el tenor de algunas escenas elaboradas a vuelapluma, tal vez para que no distraigan al lector del eficaz entramado de suspenso que Roncagliolo construye puntillosamente”.
Hay algo de cierto en esa
idea de que parece que no haya vida, ni reacciones violentas, ni rechazos
marcados, en lo que se cuenta, aunque no creo que se deba a que el autor no
quiera distraer del entramado de suspense. Más bien tengo la impresión de que
Roncagliolo ha querido huir de lo más truculento, y en este tema lo hay para
dar y tomar, y ha preferido dejar que sea el lector el que imagine algunas de
las cosas y de los comportamientos. Pero, en todo caso, es algo perfectamente
opinable.
A mí la novela me ha gustado,
me parece que está muy bien construida, que el juego con los tiempos está bien
elaborado y que ha creado personajes cuyas reacciones se pueden entender
perfectamente. No es quizás su mejor novela, pero sí es una novela interesante.
Santiago Roncagliolo, Y líbranos
del mal.
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