Hace dos años que en apenas tres meses leí de Almada la
“Trilogía de los varones” que me impactó por la magnífica escritura y los
ambientes que creaba. En mi comentario decía que me recodaba a otra escritora
argentina, Mariana Travacio. Ambas son originarias de unas zonas del país
relativamente cercanas entre sí: Rosario Y Entre Ríos. Zonas bastante
diferentes a Buenos Aires, desde el habla hasta la idiosincrasia.
Creo que Almada está muy marcada por la naturaleza,
por el lenguaje y lo que debe de ser una peculiar forma de ser entrerriana.
Esta novela tiene la particularidad, realmente
original, de que su narradora es una casa. Por tanto, todo lo que podamos saber
de lo que ocurre tiene que ver con lo que en ella sucede, tanto en su interior
como en las zonas aledañas visibles desde este.
Es una novela corta, 156 páginas, como son las suyas
que conozco, pero da tiempo para que el lector se enfrasque con entusiasmo en
su lectura. Pasan muchas cosas y, al mismo tiempo, no pasa casi nada. Se
mencionan hechos históricos como guerras o la muerte de un gobernador por
tirano, pero sin que sepamos más. De la familia protagonista, Los Lucero, vemos
cómo se enamoran, vienen los hijos y, pasado un tiempo, desaparecen de la casa
sin que esta pueda decirnos qué pasó limitándose a ofrecernos diferentes
hipótesis.
Otros protagonistas son: La Colorada, una gallina o La
Miní una perra con sus cachorros. También algún personaje más como La Gringa o
Bruna la curandera.
Con estos pocos mimbres Almada mantiene el interés en
todo momento utilizando, además, un lenguaje no siempre fácil de entender tanto
por algunas palabras del lugar como por alguna construcción. Ahora bien, este
tema del lenguaje es, quizá, una de las cosas más interesantes de la novela. Me
ha recordado un poco las sensaciones que me produjo la lectura de Panza de
burro de la escritora canaria Andrea Abreu.
En definitiva, una novela muy recomendable. Literatura
en estado puro.
Hay una buena reseña de John Bell en
revistaeldiletante.com
Selva Almada, Una casa sola.