Hace poco más de un mes que leí Reliquia, el
último libro publicado por el autor y por el que yo le he conocido. Que tan
pronto vuelva sobre su obra es una señal de lo mucho que me gustó.
El que ahora comento no tiene nada que ver en sus
temas con el anterior y yo diría que tampoco mucho con el estilo salvo en dos
cosas: la buena escritura y la sensibilidad con la que trata a sus personajes.
Esta es una historia fundamentalmente de amistad, de
la relación entre los dos protagonistas principales Rita y Líton, dos jóvenes
de algo más de veinte años que viven separados, o en algunos momentos juntos,
en la Colonia, el pueblo o la ciudad (así, en genérico, porque no hay mayores
especificaciones de lugar como tampoco de tiempo; ni falta que hace, añadiría
yo). Ambos tienen cada uno por su cuenta relaciones amorosas con Félix y René
respectivamente, pero ninguna de estas fructifica ni dura demasiado. Por encima
está esa amistad.
Hay también referencias a otros aspectos como el
clima, la sequía o los incendios que dejan una sensación de un mal momento para
la vida que, por otra parte, tampoco resulta fácil. Rita trabaja cosiendo en
algún taller de confección y Líton está en el Servicio (militar aunque no se
exprese de forma demasiado explícita) desde el que sale a apagar los incendios.
Ahora bien, la clave de la novela está en lo que plantea el autor en el siguiente fragmento:
“Ahora Rita le explica, mientras cruzan el puente -no hay río-, que la clave de los libros buenos es que saben escoger los hechos sin narrarlos, que no hace falta que cuenten gran cosa, si son buenos, pero que decir una verdad sin decirla es muy difícil: los gestos, la forma de mirarse, los pensamientos repentinos, la atmósfera de los sitios”. (p. 143)
Efectivamente, esta es la clave desde luego de este
libro que, por otra parte y como se dice en el texto, es lo que lo hace bueno.
En él no hay una narración lineal, no se cuentan demasiadas cosas de forma
clara y explícita, pero sí que se sugieren multitud de ellas y, además, a
través de la creación de una particular atmósfera tanto física como
psicológica.
También es muy importante el carácter fragmentario del
libro. Los sucesos aparecen sin orden cronológico, pero sin que por eso el
lector se pierda y, además, narrados tanto en primera como en tercera persona
por diferentes narradores incluyendo hasta fragmentos del diario de Rita cuando
tenía doce años.
Decía antes que la amistad es el motor de la historia, pero también aparece el amor del que Líton hace esta interesante y muy acertada reflexión:
“También resulta que del amor puedes decir pocas cosas, cuando estás dentro, porque todo se nubla con el velo de la emoción, y pocas cosas, cuando sales porque todo se nubla con el velo de la tristeza. Y, al final, uno acaba por no decir nada. Y puede que sea mejor. Seguramente es mejor. Mientras tanto, conservo su nombre: René”. (p. 13)
Un libro que tiene momentos muy hermosos y otros,
bastantes, que producen tristeza. Eso sí, siempre con una magnífica escritura y
con gran sensibilidad.
Desde luego es un libro muy recomendable y que me
anima a seguir conociendo la obra de este escritor catalán que no ha cumplido
aún los treinta años y ya tiene una obra significativa.
Hay una buena y muy completa reseña de Marc Peig en
unlibroaldia.blogspot.com
Pol Guasch, En las manos el paraíso quema.
Traducción Carlos Mayor.