He sido fiel seguidor de las tertulias prácticamente
desde sus comienzos. Empecé con la de la SER, pasé a la COPE cuando dejaron de
emitir la anterior y volví a la SER para no abandonarla hasta que lo hice
definitivamente con las tertulias radiofónicas. En la televisión seguí durante
un tiempo la de Ferreras hasta que se me hizo insoportable y ahora veo diez
minutos de las que se hacen en RTVE.
A fuer de ser sincero tengo que reconocer que en las
tertulias nunca he buscado información, solo confirmación de mis opiniones o,
en algún caso, elementos para conformarla. Leyendo el muy interesante libro de
Villarreal compruebo que no iba muy desencaminado.
Es curioso que un fenómeno como este de las tertulias,
que ocupa horas y horas tanto en radio como en televisión, apenas haya recibido
atención por parte de los estudiosos y que existan tan pocos libros que las
analicen. Por eso tiene tanto valor este que comento que, además, es bastante
completo en el tiempo y el espacio, analiza sin especiales prejuicios una buena
variedad de tertulias y ofrece listas interesantes de participantes en ellas. Y
todo eso en solo 245 páginas, escritas con la agilidad propia del buen
periodismo, que se leen de un tirón y que se disfrutan sobre todo si el lector
es o ha sido aficionado al tema.
Además de hacer análisis generales, Villarreal ha
asistido presencialmente a tertulias como las de Carlos Alsina, Aimar Bretos o
Antonio Ferreras y también analiza con cierto detalle las de Luis del Olmo o
Antonio Jiménez. Dedica especial atención a las de los medios públicos de
alcance estatal y en un momento a las que se hacían en Catalunya en la época
del procés.
Al empezar con las primeras que se hicieron le permite analizar la evolución que han sufrido que ha sido considerable. El siguiente fragmento ofrece una buena síntesis de la misma:
“Las primeras tertulias tenían el aura de ser una
especie de panteón de sabios solo accesible a un puñado de personas; más tarde,
en los 90, se abrió un poco la mano y
empezaron a entrar expolíticos o periodistas con muchos tiros pegados; con la
llegada del siglo XXI, comienzan a entrar otros perfiles, aún con credenciales
y que, además, daban bien en cámara, de sociólogos a politólogos, pero en la
actualidad, el mensaje que se manda es que las barreras se han derribado:
cualquiera puede hackear su aterrizaje en las tertulias.” (p. 230)
Como se ve, el autor se centra mucho en el tipo de participantes. Sobre estos reproduzco un par de fragmentos que son también un buen resumen:
“Pero la magia de estos profesionales, a menudo
minusvalorados como todólogos, no es que sepan de todo, sino que son
capaces de buscar esa información y declamarla, como un monólogo teatral, para
crear esa impresión de omnisciencia.
(…) porque esos tertulianos no saben, sino que fingen saber.” (p. 29)
“(…) la mayor parte del tiempo los tertulianos no opinan sobre un hecho, opinan sobre otra opinión.” (p.32)
Esta última idea es fundamental porque, como decía al principio, es muy difícil informarse escuchando una tertulia; su utilidad se refiere casi exclusivamente a formarse una opinión.
Ha habido, y creo que en los últimos tiempos es la predominante, otra función de las tertulias. El autor lo ejemplifica con una en concreto:
“Del Olmo tenía entonces los bolsillos más profundos del sector, pero en la tertulia de la COPE había una misión que amalgamaba al colectivo e iba más allá de opinar acerca de la actualidad del día: largar a los socialistas.” (p. 109-110)
Hoy unas se dedican a esto y otras a evitarlo: es la
famosa polarización, un término que se ha impuesto y sobre el que no es el
momento de hablar, pero del que sí me gustaría decir que hay unos que polarizan
bastante más que otros. Quizá venga a cuento ahora una información curiosa que
da Villarreal: en 1989 llamar "imbécil" a un contertulio le costó el puesto al
que lo hizo; en 2017 da una lista de los improperios que se dedican entre sí
los participantes en las diferentes tertulias.
Un último aspecto que me gustaría tratar es la idea de proporcionalidad ideológica en las tertulias. Hay muchas, sobre todo las públicas estatales, que intentan tener más o menos el mismo número de participantes de las diferentes ideologías, pero esto no es lo único importante porque:
“No importa lo aparentemente plural que sea una mesa de análisis si ciertos temas están vetados o ciertos enfoques se presentan de una forma tergiversada, en general a favor del poder político de turno o, dicho de otra forma, es más que posible tener una mesa formalmente plural de tertulianos, pero dirigir la tertulia de tal manera que sea imposible salir de un marco determinado.” (p.178)
Esto tengo ocasión de comprobarlo a diario en los
pocos minutos que dedico a las tertulias televisivas. Es muy evidente.
En fin, un libro que además de muy entretenido, pone
el dedo en la llaga de los diferentes aspectos que toca, que se dedica a
describir y analizar y son muy pocos los momentos en los que da su opinión, que
está muy bien escrito y se lee con gran facilidad sin que ello quiera decir que
es superficial. Muy recomendable, sobre todo si uno es, o ha sido, aficionado
al tema.
Especialmente recomendable es el último capítulo:
Pe-rio-dis-mo.
Antonio Villarreal, Tertulianos. Un viaje a la
industria de la opinión en España