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lunes, 2 de octubre de 2017

Magníficas memorias




Conocía ya algo de la obra de Serge por la lectura de dos de sus libros, El caso Tulayev y Ciudad conquistada, así como por el inicio de Medianoche en el siglo que luego abandoné y pronto tendré que retomar. También conocía algunas cosas de su vida y su acción política, pero todo se me ha quedado corto ante estas impresionantes memorias.
Que Serge era un buen escritor ya lo había comprobado y también que no siempre escribe de una forma fácil de seguir. Sin embargo en estas memorias hizo un gran esfuerzo y todo se entiende y se sigue perfectamente.
No se trata de un texto en el que nos enteremos demasiado de los avatares personales del autor, pero sí que seremos capaces de vislumbrar al menos cómo fue la durísima época que le tocó vivir y en la que su compromiso con sus ideas no desfalleció jamás, lo que supone, al menos para mí, la gran lección moral de este libro.
Dice Jean Rière, el editor y autor de las miles de notas que acompañan al texto, en el Prólogo¨:

“El verdadero destino de Victor Napoleón Lvovich Kibalchich alias Victor Serge es enriquecernos con esa polifonía dominada de cabo a rabo, hecha de compasión y comprensión profundas, de lucidez serena, de firmeza moral, de intransigencia combativa, de inteligencia clara.” (p. 13)

Acertadas palabras que dan una idea bastante precisa de cuál es el sentido del libro. 
Con Serge recorreremos el París que en 1909 se manifiesta por la muerte de Ferrer Guardia; la Barcelona en la que en 1917 se está produciendo la Asamblea de parlamentarios y todo el movimiento insurreccional; el Petrogrado de la guerra civil y del comunismo de guerra; su participación en el grupo  de Oposición en Leningrado; su destierro en Orenburgo (Kazajstán); su salida final para Méjico y muchos otros momentos todos ellos importantes y enraizados en las luchas que tenían lugar en aquella época.
Tiene también momentos muy literarios, como por ejemplo el relato de su llegada a Petrogrado; otros en los que con unos pocos trazos da buena cuenta de algunos hechos, como cuando habla de la cheka; y, desde luego, es una auténtico virtuoso en la descripción de los personajes reales que aparecen en el libro y que son muchísimos. Valga el siguiente como ejemplo:

“ (…) y Franz Dahlem, joven, de rasgos duros, de nariz grande, mirada inexpresiva, trabajador sin personalidad, militante sin inquietud, informado sin pensamiento, que nunca hacía una pregunta mínimamente viva, pero aplicaba cuidadosamente las consignas y las directivas. El tipo del suboficial comunista. Ni tonto ni inteligente: obediente.” (p. 206) (Luego fue líder del partido comunista alemán y entregado a la Gestapo por Vichy)

El compromiso de Serge se puede ver perfectamente por el relato de su trabajo en 1919, esto es, en plena guerra civil:

“Yo cumplía naturalmente, como todos los camaradas, una multitud de funciones. Dirigía el servicio de lenguas latinas de la Internacional y sus ediciones, recibía  a los delegados extranjeros que llegaban por caminos peligrosos a través de las redes de alambres de púas del bloqueo, llenaba las funciones de comisario para los archivos del ex ministerio de Interior, es decir la ex Ojrana; era a la vez soldado del batallón comunista del II ramos y attaché al estado mayor de la defensa; allí me ocupaba del contrabando con Finlandia; comprábamos a honrados comerciantes de Helsinki armas excelentes (…).” (p. 122)

Pero un compromiso matizado como también decía unos meses antes:

“Mi decisión estaba tomada, no estaría contra los bolcheviques ni sería neutro. Estaría con ellos, pero libremente, sin abdicación de pensamientos ni de sentido crítico.” (p. 106)

Tan crítico como para escribir: “Una sopa sustanciosa costaba un rublo en el restorán donde unas niñitas ayudaban al servicio para poder lamer el plato cuando uno había terminado y recoger las migas del pan.” (p. 364) (En Orenburgo desterrado en 1933 y, por lo tanto,  después de muchos años de revolución.)

Esta es la clave del personaje, comprometido con el proceso revolucionario pero sin abdicar de sus ideas. Y, claro, así le fue en un país dominado por Stalin. Es curioso observar la cantidad de nombres que salen en distintos momentos del libro y que llevan la coletilla de muerto, desaparecido, represaliado o fusilado en 1937.
Un libro realmente excepcional del que, eso sí, se pierden muchos detalles por desconocimiento de la historia del país y de una gran cantidad de los personajes que menciona.
Me han llamado la atención algunas cosas de la traducción. Así, el uso del término “destroyer” por destructor (antes sí que se utilizaba, pero hace ya tiempo que no); la escritura Guepeú por la más habitual de GPU; escribir Noy (por Noi) del Sucre; usar institutor por maestro o instructor; y, finalmente, la expresión nunca oída de fascizante. En todo caso, se trata de una buena traducción tanto del texto original como de las notas que lo acompañan.
Un comentario final. Descubrí este libro en una feria del libro de ocasión en Santander hace dos meses. Hay que mirar siempre donde haya libros porque siempre se pueden encontrar ejemplares interesantes.


Victor Serge, Memorias de un revolucionario. Traducción Tomás Segovia.

lunes, 5 de junio de 2017

Petrogrado a principios de los años veinte




Petrogrado en los momentos en que se inicia la Guerra civil tras la revolución de octubre es el marco en el que Serge desarrolla esta historia y de ahí mi interés por el libro. No hace mucho abandoné la lectura de otro libro suyo, Medianoche en el siglo, pues aunque se trataba de un tema que sigo siempre con interés, la crítica del sistema comunista en general y estalinista en particular, no fui capaz de entrar en la obra y decidí abandonarla al menos momentáneamente. Después de leer esta Ciudad conquistada no sé si volveré a intentar la lectura de la abandonada.
El problema que le encuentro a Serge como escritor es la dificultad que tengo para entrar en sus historias, de ser capaz de seguirlas sabiendo lo que sucede y a quién le sucede, de comprender las discusiones ideológicas que se producen entre sus personajes, en una palabra, de entenderlo. No me sucedió con el primer libro que leí del autor, El caso Tuláyev, pero me ha pasado con los dos siguientes.
El libro está compuesto a partir de relatos y escenas con diferentes protagonistas que a veces coinciden y los conocemos y otras veces no. Todo le sirve a Serge para criticar muchos aspectos del momento revolucionario y, sobre todo, el uso y el abuso del poder. Así:

“Pero yo soy del partido gobernante y, según el término aceptado, “responsable”, es decir, de los que mandan. Mi ración de calor y de pan es un poco más segura, y un poco mayor. Es injusto, lo sé. Y la tomo. Hay que vivir para vencer, y no por mí, sino por la Revolución.” (p.46)

“La Checa trabaja día y noche. Nosotros también somos eso. Se trata del lado implacable de nuestro rostro. Nosotros, destructores de cárceles, liberadores, liberados, presidiarios de ayer, a menudo marcados indeleblemente por las cadenas, nosotros que vigilamos, incautamos, detenemos. ¡Nosotros, jueces, carceleros, verdugos, nosotros!” (p. 47)


“Los regimientos se preparan con desaliento para la batalla definitiva, preñada de un espantoso sálvese quien pueda. Los batallones especiales del Partido, acuartelados alrededor de los comités, murmuran que no se está haciendo nada para preparar la evacuación, que los jefes tendrán trenes y automóviles, ellos sí, para escabullirse, mientras que los pobres desharrapados harán de mártires.” (p. 208)

 Sin embargo, deja también una puerta abierta a la esperanza:

“¡(…) esta República por la que llevamos a cabo cualquier tarea, que queremos hacer vivir porque, a pesar de todo, es aún la mayor esperanza, el nacimiento de una justicia nueva, honesta en los actos y las palabras –actos implacables y palabras verdaderas-, la obra de los que siempre han sido vencidos, siempre exterminados después de ser engañados, que no eran nada ayer, que todavía no son nada en el resto del mundo!” (p. 56)

Hay alusiones constantes al desorden, descontrol, desabastecimiento, robos, requisas violentas y ocultaciones de productos, etc., algo lógico en unos momentos como son aquellos en los que se desarrolla la historia, pero Serge aprovecha para hacer una crítica más general y que está por encima de eso, va al meollo del proceso, como corresponde a alguien de su ideología cercana al anarquismo al principio, aunque luego entrase  en el grupo bolchevique pero siendo siempre muy crítico con los desmanes sobre todo del estalinismo.
Una obra que tiene mucho interés y con capítulos magníficos en los que desarrolla interesantes debates, pero en la que, al mismo tiempo, cuesta entrar de verdad y mantener la atención.
Seguramente merece la pena leerla por algunos pasajes.



Victor Serge, Ciudad conquistada. Traducción Luis González Castro