Mostrando entradas con la etiqueta Natalia Ginzburg. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Natalia Ginzburg. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de octubre de 2020

Una obra de teatro


El año 2017 fue el de mi descubrimiento de Natalia Ginzburg como queda atestiguado en el blog con numerosas entradas comentando sus libros. Me gusta su estilo y los temas que trata así como la forma de hacerlo.

En este caso comento una obra de teatro. Es una de las pocas que he leído a lo largo de los años porque nunca me ha llamado la atención el género. De hecho esta de Ginzburg la compré sin darme cuenta porque me gusta tanto la autora que ni me fijé.

Parece ser que fue la primera que escribió y que tuvo un gran éxito a mediados de los sesenta.

Está dividida en tres actos y cuenta con cinco personajes. Un matrimonio, la criada y la madre y la hermana del marido. Los cónyuges acaban de casarse después de un mes de haberse conocido y han invitado a una comida a los familiares del marido para que conozcan a su esposa.

El primer acto lo dedica principalmente a que conozcamos a Giuliana, la esposa, que le cuenta a la criada aspectos relevantes de su vida anterior: una relación con alguien que la abandonó al enterarse de que estaba embarazada; luego abortó. En el segundo se establece una extensa conversación entre los dos miembros de la pareja sobre el tema del matrimonio: por qué se casaron, cuánto puede durar, los problemas que están apareciendo, etc. Y, finalmente, en el tercero aparece ya la madre para la comida de presentación que es la parte más divertida de la obra.

En definitiva, un texto que se centra en el matrimonio, en la situación y mentalidad de la clase media romana y en las relaciones familiares sobre todo del marido con su madre. Todos son temas habituales en la obra de la autora aunque evidentemente menos desarrollados que en cualquiera de sus libros tanto de ficción como de ensayo.

En cualquier caso, me ha resultado interesante enfrentarme a esta experiencia novedosa que creo que tendré que repetir con algún autor más actual porque hay que reconocer que tiene aspectos en el tratamiento de los temas que aportan un enfoque diferente.

 

 

Natalia Ginzburg, Me casé por alegría. Traducción Andrés Barba.

 

 

 

 

viernes, 3 de abril de 2020

Otro libro interesante de Ginzburg




Otra buena colección de textos de esta magnífica y siempre sugerente escritora italiana. En este caso son once escritos de dos épocas bastante diferentes en el tiempo y el espacio. La mayoría son de la inmediata posguerra y de los inicios de los años cincuenta y están escritos en diferentes lugares de Italia, y junto a ellos hay tres escritos en Londres en 1960 y 1961 que, para mí, son además de los mejores del libro.
En estos textos hay, como sucede a menudo con Ginzburg, bastantes elementos autobiográficos, muchas interesantes descripciones y, desde luego, reflexiones muy jugosas.
En el primer escrito, Invierno en los Abruzos, narra su destierro en un pueblo de esa zona montañosa. Aunque está escrito con apenas 28 años aparecen ya dos características de su obra: la capacidad evocadora y de síntesis.
En Amigo hace un magnífico retrato parece ser que de Cesare Pavese.
Muy curiosos son los tres textos que dedica a su estancia en Inglaterra con jugosas y a veces muy críticas descripciones. Así, por ejemplo, su visión de la, para ella, superficialidad inglesa:

“De hecho no hay nada más triste en el mundo que una conversación inglesa, siempre pendiente de no rozar nada esencial, de quedarse en la superficie. Para no ofender al prójimo, penetrando en su intimidad, la conversación inglesa zumba en torno a temas sumamente aburridos para todos, con tal de que no revistan peligro.” (p. 43)

O el gran sentido del humor con el que trata la comida que se hace en ese país.
También reflexiona sobre la escritura en Mi oficio, donde dice cosas como:

“Porque la belleza poética es un conjunto de crueldad, de soberbia, de ironía, de ternura carnal, de fantasía y de memoria, de claridad y de oscuridad, y si no conseguimos obtener todo esto junto, nuestro resultado es pobre, precario y escasamente vital.
(…)
Porque este oficio no es nunca un consuelo o una distracción, No es una compañía. Este oficio es un amo, un amo capaz de azotarnos hasta hacernos sangrar, un amo que grita y condena,” (p. 101)

No obstante, si tuviera que quedarme con uno, lo haría con el que da título al libro que empieza con un fragmento tan hermoso y aleccionador como el que reproduzco:

“Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber.” (p. 145)

Y todo el resto de este texto que cierra el libro está dedicado a la educación de los hijos. Como yo estoy en la fase de tener que educar a un hijo de 10 años, me ha resultado tremendamente sugerente y aunque me ha reafirmado en algunas de las cosas que hago, también me ha hecho dudar y criticar otras.
Así pues, estamos ante otro libro de Ginzburg muy recomendable porque, además, es una escritora a la que da gusto leer por la forma que tiene de contar las cosas.

Natalia Ginzburg, Las pequeñas virtudes. Traducción Celia Filipetto.



viernes, 17 de noviembre de 2017

Novela epistolar




Voy a tener que considerar mi año de lectura como el año “Ginzburg” pues desde que la descubrí en enero, este es el sexto libro que leo y no será el último. Tras el relativo fiasco que supuso el anterior porque había relatos que me parecieron bastante flojos, con este retomo la mejor versión de la autora.
Dice Elena Medel en el Prólogo:

“En el sentido más feliz de la palabra, queremos pensar en La ciudad y la casa como la novela más caprichosa de Natalia Ginzburg: la novela en la que con mayor libertad se permite el juego, la experimentación sutil, esa “pura alegría” con la que Paul Theroux se refirió a la ficción.” (p. 9)

Efectivamente, aunque ya inició el camino del género epistolar en Querido Miguel, ahora compone una obra solo a partir de la correspondencia entre diversos personajes. Hay correspondencia entre amores presentes y pasados, entre amigos y entre padres e hijos. Hay decepciones, muertes, matrimonios, nacimientos…, pero sobre todo, creo, hay soledad, mucha soledad y bastantes frustraciones.
Reproduzco lo que dice en su blog, devoradoradelibros.com, una gran seguidora y admiradora de la autora:

“La destreza de Ginzburg con el género se relaciona, sin duda, con su estilo despojado de artificios, cercano a la expresión oral, una narración «hablada» eficaz para componer las cartas (informales, cómplices, frescas) que se envían unos amigos. La autora explota las posibilidades de la novela epistolar con unos textos pulcros en los que importa tanto lo que se dice como lo que se omite, así como el tono, los tics, las obsesiones y las pausas. Poco a poco, como quien no quiere la cosa (es difícil desmenuzar una obra de Ginzburg, la artillería está tan bien ensamblada que cuesta discernir cómo lo hace), la historia (o, mejor dicho, las historias) se entretejen con este intercambio de experiencias.”

El único problema que le encuentro a la novela es que la correspondencia se produce entre bastantes personajes y en muchas direcciones lo que, para gente con la memoria un tanto deficiente como es mi caso, hace que a veces te quedes un poco perdido y haya que echar la vista atrás para recuperar el hilo. Es un problema menor y, lógicamente,  no resta interés ni valor a lo que cuenta.
En todo caso, no es el libro que más me ha gustado de Ginzburg, pero es que esta autora pone el listón muy alto con obras como Léxico familiar o Todos nuestros ayeres.

Natalia Ginzburg, La ciudad y la casa. Traducción Mercedes Corral.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Desigual libro de relatos



Desde que en enero de este año leí por primera vez un libro de la autora, Y eso fue lo que pasó, no he parado de seguir conociendo su obra. En concreto este libro de relatos es el quinto que leo (los cuatro anteriores tienen su correspondiente comentario en el blog). Esto quiere decir que es una escritora que me encantó desde el primer momento tanto por lo que contaba como por la forma en que lo hacía.
Con estos relatos me ha sucedido algo diferente porque algunos no parecen salidos de su mano. De hecho todos fueron publicados póstumamente y creo que ella no habría deseado hacer público más de uno.
Hay relatos que son magníficos; desde la especie de declaración de principios que supone ese A propósito de las mujeres que abre el libro, a los dos que lo cierran, Las muchachas y, sobre todo, La madre, pasando por los que están al principio, Una ausencia y Los niños. Pero junto a ellos hay dos, Traición y La casa junto al mar, que me han parecido tremendamente flojos y poco dignos de aparecer en un libro escrito por Natalia Ginzburg. Tanto la historia como la resolución de algunas situaciones me han parecido bastante flojas y en un tono muy alejado del resto de los relatos del libro. Por eso, creo que siendo cierto que: “La prosa limpia, exacta y poética de Ginzburg infunde credibilidad a los personajes y las situaciones. No hay sentimentalismo en su forma de contar, sino desgarro, desencanto, pesimismo.” -como afirma en el cultural.com un buen crítico como es Rafael Narbona-,  solo se puede aplicar a una parte de los relatos. (Por cierto, Narbona hace una crítica muy positiva de todo el libro)
El relato es un género muy difícil que ha tenido, y tiene, verdaderos especialistas y me da la impresión de que si Ginzburg no los publicó en vida debió de ser por algo.
En todo caso es un libro que tenemos que leer los seguidores de la escritora. 

Natalia Ginzburg, A propósito de las mujeres. Traducción María Pons Irazazábal.

jueves, 18 de mayo de 2017

Más, y mejor, Natalia Ginzburg




Esta novela está considerada por muchos como la mejor de la autora. Desde luego se trata de una obra magnífica. Desde que a principios de este año descubrí, es verdad que muy tarde,  a Ginzburg, este es el cuarto libro que leo en apenas cuatro meses. Todos me han gustado mucho y este es desde luego el más completo (también es el más extenso).
Los textos de esta autora, aparentemente sencillos, muestran la complejidad de las relaciones personales y familiares. Una vez que te metes en la historia quedas atrapado por ella entre otras cosas por la forma en que está narrada.
En palabras de la prologuista de este libro Elena Medel:

 “Qué sencilla la prosa de Natalia Ginzburg, con qué palabras nuestras –las de la conversación, las del secreto- entrelaza sus relatos. Qué compleja, a la vez, a la hora de hilar varias novelas diferentes –la emocional, la social- en una misma novela (…)” (p. 11)

En esta novela nos cuenta la historia de una serie de personajes pertenecientes a dos familias durante el período que va más o menos desde mediados de los años treinta hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Tanto el trasfondo del fascismo como el de la guerra están magníficamente presentados. Pocas alusiones, pero muy bien introducidas en la trama de la novela.
Aunque hay un personaje, Anna, que va marcando los principales momentos de la historia, la obra tiene un protagonismo colectivo y todos los miembros de ambas familias así como sus maridos y mujeres aportan aspectos relevantes.
A mí me ha recordado en algunas escenas el neorrealismo tan en boga en el cine italiano por aquellas fechas (el libro está escrito en  1952). También me han venido a la cabeza, sobre todo en la segunda parte de la novela,  cosas que cuenta Carlo Levi en su novela autobiográfica Cristo se paró en Éboli.
Una novela muy completa que tiene la gran virtud de que veamos cómo vivía la gente bajo el fascismo y durante la guerra sin que, al menos aparentemente,  ese sea el tema principal.
Un libro totalmente recomendable como todos los de la autora. Veo además que la editorial Lumen sigue publicando su obra por lo que no será este el último que aparezca comentado en el blog.
Por cierto, la traducción, como sucede con otros libros de esta autora, está hecha por Carmen Martín Gaite lo que la hace más valiosa aún. 
Muy buena reseña como siempre en devoradoradelibros.com. También hay una interesante entrevista con la autora del Prólogo, Elena Medel, sobre la obra de Ginzburg en letraslibres.com.


Natalia Ginzburg, Todos nuestros ayeres. Traducción Carmen Martín Gaite.

viernes, 14 de abril de 2017

Sigo disfrutando con Natalia Ginzburg



Desde que hace poco descubrí la obra de Ginzburg, no dejo pasar mucho tiempo sin leer alguno de sus libros. Ya tengo varios en el estante de pendientes de lectura sabiendo que me proporcionarán momentos muy gratificantes, pero también que hay que dosificarlos.
Este que ahora comento, escrito en 1973, vuelve a ser una lectura muy adictiva. Con su prosa sencilla, pero tremendamente eficaz nos va mostrando un conjunto de relaciones familiares frustradas en su mayoría y unos personajes que difícilmente logran salir de la soledad.
Dos fragmentos lo pueden ejemplificar muy bien:

“No es que el dinero te vaya a resolver nada estando como estás sola, despistada, vagabunda y a la deriva. Pero todos nosotros en alguna zona de nuestro ser andamos algo desorientados y a la deriva y nos sentimos a veces fuertemente atraídos por el vagabundeo y por el deseo de no respirar otra cosa más que la propia soledad.” (p. 190)

“Se encuentra en una situación desesperada, sin encontrar un sitio para vivir y sin tener nada en el mundo, excepto un quimono negro con girasoles, un  abrigo de visón y un niño. Pero tengo la impresión de que todos nos las arreglamos con un arte especial para meternos en callejones sin salida, de los que nadie va a ser capaz de sacarnos, y que no nos permiten andar ni para adelante ni para atrás.” (p. 164)

Es una novela construida en lo fundamental a base de la correspondencia entre varios miembros de la familia a partir de la marcha de Miguel, el único hijo varón, a Inglaterra, pero también hay otros pasajes en los que la narradora nos pone en situación y describe otras situaciones.
No solo no hay personajes felices, es que ni tan siquiera parece que puedan acercarse a serlo. Por ejemplo, Miguel conoce a una norteamericana en Inglaterra y se casa con ella, pero un amigo le escribe a la hermana:

“A los ocho días de casados, el matrimonio ya se había hecho polvo. Durante ocho días, parece ser que fueron felices.” (p. 213-214)

Sin embargo, no es una novela dura o que muestre conflictos y enfrentamientos irresolubles; es un retrato de la vida de unas personas desde la cotidianidad más normal.
La grandeza de esta escritora creo que la resume muy bien la frase de Elena Hevia en El Periódico que la editorial ha puesto en la faja que acompaña a esta edición:

“Es difícil hacerse con el secreto de la prodigiosa prosa de esta mujer. Sus textos funcionan a base de acumulación, como una letanía. Y de pronto, se produce el milagro, en la sencillez se abre el abismo, el lector cae dentro de la herida abierta, sorprendido, conmovido.”

Libro absolutamente recomendable como cualquiera de los de esta gran escritora. Además, cuenta con la traducción nada menos que de Carmen Martín Gaite.
Hay una buena reseña en unlibroaldia.blogspot.com



Natalia Ginzburg, Querido Miguel. Traducción Carmen Martín Gaite.

lunes, 27 de febrero de 2017

Entrañables recuerdos



En la Nota con la que la autora inicia el libro se lee:

“He omitido muchas de las cosas que recordaba sobre todo las que me atañían directamente. No deseaba hablar de mí. Esta no es mi historia sino (incluso con vacíos y lagunas) la de mi familia. Debo añadir que ya en la infancia me propuse escribir un libro sobre las personas que entonces me rodeaban. En parte puedo decir que éste es el libro. Pero sólo en parte, porque la memoria es débil, y los libros que se basan en la realidad con frecuencia son sólo pequeños atisbos y fragmentos de cuanto vivimos y oímos.” (p. 14)

Y es que, efectivamente, son fragmentos de la vida de su familia y amigos en los que la propia Natalia Ginzburg apenas aparece hasta el punto de que, de repente, se casa con Leone Ginzburg sin que hayamos tenido la más mínima  referencia a una relación entre ambos.
Puede que la memoria sea débil como dice Ginzburg , pero en este libro hay mucho detalles que indican que la suya funcionaba bastante  bien. El libro está lleno de personajes interesantes. El del padre a mí me ha resultado realmente fascinante. Un científico perteneciente a la burguesía de Turín, de izquierdas, que llega a presentarse como candidato del Frente Popular de comunistas y socialistas y del que se puede leer lo siguiente:

“Efectivamente en la radiografía no apareció nada (se refiere a la hecha a una criada por un dolor que tenía). Era un rasguño en la garganta. Pero la mujer seguía llorando desesperada, y mi padre dijo: “¡Estos proletarios qué miedo le tienen a morirse!””

Es el verdadero protagonista del libro y autor de muchas de las frases del “léxico familiar”, aunque no hay que olvidar a una madre a la que dedica menos espacio, pero que también tiene su importancia e intervenciones como esta:

“Ten por seguro que si viene Stalin a quitarme a la criada lo mato –decía mi madre-. ¿Qué haría sin criada yo, que no sirvo para nada?” (p. 214)

Y un conjunto de hermanos con dedicaciones, ideas y recorridos muy diferentes y de los que habla extensamente. Además, entre los amigos, Cesare Pavese y Felice Balbo con un relevante papel, pero también: Carlo Levi, Olivetti, Einaudi o Giancarlo Pajetta. Es decir, gente muy conocida e intelectualmente importante. Además, está también el trasfondo del fascismo en gran parte del libro.
Ahora bien, con todo, lo mejor, lo que hace que este libro sea diferente, tan interesante y divertido en unos momentos como emocionante en otros, es por su magnífica escritura, por el estilo de la autora que no me atrevo a definir, pero que consigue que sigas toda la historia como si formases parte de la familia, como si estuvieses implicado en su historia.
En mi caso, además, está el hecho curioso de que tengo recogidas casi veinte frases de mi madre que formarían parte de mi “léxico familiar” porque a veces tanto mi mujer como yo las repetimos ya que, de alguna manera, las hemos hecho nuestras.
Hay una magnífica, como siempre,  reseña en devoradoradelibros.com.


Natalia Ginzburg, Léxico familiar. Traducción de Mercedes Corral.


lunes, 30 de enero de 2017

Otro buen descubrimiento




Aunque no es habitual en mis comentarios, en este caso me parece más apropieado reproducir el hecho por Sergio Sancor en librosyliteratura.com:

“No he leído con anterioridad a Natalia Ginzburg. Sus textos, sus obras, no se han cruzado en mi camino en ninguna ocasión. No es que no conociera su existencia, sino que simplemente la casualidad o la causalidad no han hecho que ella y yo tengamos un momento común para conocernos. Por lo tanto, mi primer acercamiento a su obra, de la mano de Y eso fue lo que pasó llega con la sensación de haber recibido un puñetazo en plena cara. La dureza, la poca compasión, las obsesiones y deseos, la brutalidad, la violencia, la falta de respiración frente a una relación, el no existir cuando se está existiendo, los significados, significantes y errores del amor, la vida que se cuela por el desagüe o la muerte que llega de improviso. Todos elementos que, en esta historia de ciento diez páginas se entremezclan creando una lectura que duele, pero imprescindible.”

Es curioso este comentario de un texto, breve por otra parte, del que la propia autora dice en la Nota previa:

“Escribí esta historia para sentirme un poco menos infeliz. Me equivoqué. No debemos buscar nunca un consuelo en la escritura. No debemos perseguir un objetivo. Si hay algo seguro es que es necesario escribir sin perseguir un objetivo.” (p. 11)

Da la sensación de que necesitaba desahogarse y utilizó la escritura.
Yo he leído el texto tan de corrido como dice Italo Calvino en el Prólogo. Es una historia muy potente y tremendamente bien contada tras un inicio de esos que llaman la atención.
Lo cierto es que ahora hay que ponerse a buscar más libros de esta escritora porque tengo la impresión de que me ofrecerá buenos momentos.
Hay una reseña muy completa en devoradoradelibros.com




Natalia Ginzburg, Y eso fue lo que pasó. Traducción de Andrés Barba. Prólogo de Italo Calvino.