martes, 21 de noviembre de 2017

ANDAMIO


Vuelvo a hacer una entrada sobre las series y películas que he visto desde septiembre en que hice la última. Sigo diciendo que el mejor cine se ve hoy en las series hechas para la televisión. Además, en lo que llevamos de temporada, el cine en pantalla grande está siendo bastante pobre en líneas generales y no hay demasiado para destacar.


SERIES


Better call Saul. En esta tercera temporada creo que ya está dando síntomas de agotamiento. Le cuesta entrar en materia y resulta un tanto reiterativa. No obstante, es diferente y tiene buenas interpretaciones,

Oficina de infiltrados. Serie francesa sobre espías. He visto las dos temporadas y me ha entretenido bastante. Tiene el interés añadido de tratar sobre problemas muy actuales como el conflicto sirio. Se nota un elevado presupuesto y le falta a veces un poco de ritmo.

The goodfight. Sale de The good wife pero, aunque yo no he visto esta, la que comento me parece poco interesante y un tanto aburrida. Son casos de rápida resolución sin demasiadas explicaciones.

Fargo. Otra serie a la que le pasa lo mismo que a Better call Saul. Está bastante agotado el tema y resulta demasiado repetitiva. La primera temporada fue muy buena, pero ha ido decayendo hasta esta tercera.

Unforgotten. Dos temporadas. Muy original serie policíaca británica. Creo que son los que hacen las mejores series de este difícil género. Magnífica protagonista.

House of Cards. Otra que está de capa caída. Le pasa lo mismo que a las dos que he criticado anteriormente. Cada temporada he pensado en dejarla, pero tiene una atracción especial que debe de ser el mal que muestran. Ahora parece ser que ya está liquidada por el asunto de su protagonista.

Billions. Me han gustado las dos temporadas aunque reconozco que es muy irregular en sus diferentes episodios. Alterna unos muy buenos con otros un tanto flojos. Es un verdadero duelo de interpretaciones porque, en el fondo, es un western que se desarrolla en Wall Street  en lugar de en el desierto de Arizona.

Top of the lake. Segunda temporada. Bastante aburrida aunque siempre es interesante ver las interpretaciones de Elisabeth Moss.


PELÍCULAS


Un tango más. Está bien para aficionados al tango, pero el guion en general  y algunos diálogos en particular son bastante penosos.

Detroit. Un duro alegato sobre el racismo y la violencia policial. Seguramente un tanto exagerada en algún momento, pero a mí me tuvo con el corazón en un puño.

La cordillera. Aburrida película de una cinematografía que me encanta como es la argentina. No demasiado verosímil y Darín bien, como siempre.

Estiu 93. Buena película catalana y en catalán. Trata de sentimientos y lo hace de una forma muy natural. Buenas interpretaciones.

La suerte de lo Logan. Un entretenimiento sin más pretensiones.

Handia. Película vasca y en euskera. Por el momento la que más me ha gustado de las que he visto hasta ahora. Gran ambientación y una realización muy cuidada para un tema difícil.

La librería. Después de leer las críticas me apeteció verla. Seguramente no le han hecho un gran favor porque no es para tanto. Es una película de las que sales diciendo, ”está bien, pero…” y eso que va de libros que es una de mis pasiones.


Al terminar los comentarios me doy cuenta de que, creo que por vez primera en años, ganan las producciones hechas en España, nada menos que tres, y le siguen las argentinas. Estados Unidos solo tiene dos y ¡no hay ninguna francesa!
A pesar de que ha habido series que me han empezado a cansar, se nota que sigo prefiriéndolas a las películas en pantalla grande.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Novela negra de Sepúlveda



Hace unos meses descubrí, leyendo El fin de la historia, que Luis Sepúlveda tenía una faceta como escritor de novela negra. Me lo pasé muy bien con ese libro y me pareció que el protagonista, Juan Belmonte, era un personaje original e interesante. La primera aparición fue precisamente en esta novela que ahora comento y cuyo título ya da alguna pista.
Cuando leo novela negra, y es algo a lo que dedico un tiempo cada año, lo que más me suele interesar no es la trama que monta el escritor, sino los personajes que la llevan a cabo y el ambiente en el que se desarrolla. Por eso me gustan tanto escritores recientes como Benjamin Black o Philip Kerr que han sabido hacer ambas cosas de una forma muy sugerente. Obviamente, mis favoritos del género siguen siendo Hening Mankell y Patricia Highsmith.
La trama de esta novela que comento no tiene demasiada complejidad ni tampoco demasiado interés; sin embargo, este Belmonte, que será el protagonista, sí porque hay una serie de historias paralelas en las que nos va contando muchas cosas de su pasado que, este sí, tiene mucho interés. Exmilitante de izquierdas y participante en muchos conflictos de los años setenta y ochenta en distintos países de Sudamérica, se presenta ahora un tanto decepcionado y desencantando con lo que está sucediendo sobre todo en su Chile natal. Así, por ejemplo:

-        “(…) Su hermano sigue en el ejército, ahora es coronel. Varias víctimas de las torturas lo han reconocido, pero es de los intocables.
-         El precio de la democracia. Me cuesta creer que estoy en Chile. Nunca pensé en regresar frenado por el miedo a toparme con tipos de su calaña, de los que siempre supieron lo que pasaba, no movieron un dedo para impedirlo y se dedicaron a profitar a la sombra de los que hacían el trabajo sucio. Supongo que ahora es un paladín de la democracia, de los capaces de reconocer que hubo excesos. Nauseabundo el precio de la democracia.” (p. 190-191)

También hace una fuerte crítica a los comunistas en este caso en Europa y más en concreto en la RDA donde se origina la trama.
Una novela muy entretenida y con esos aspectos críticos que la hacen más interesante además, claro, de estar muy bien escrita como obra del buen escritor que es Sepúlveda.

Luis Sepúlveda, Nombre de torero.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Novela epistolar




Voy a tener que considerar mi año de lectura como el año “Ginzburg” pues desde que la descubrí en enero, este es el sexto libro que leo y no será el último. Tras el relativo fiasco que supuso el anterior porque había relatos que me parecieron bastante flojos, con este retomo la mejor versión de la autora.
Dice Elena Medel en el Prólogo:

“En el sentido más feliz de la palabra, queremos pensar en La ciudad y la casa como la novela más caprichosa de Natalia Ginzburg: la novela en la que con mayor libertad se permite el juego, la experimentación sutil, esa “pura alegría” con la que Paul Theroux se refirió a la ficción.” (p. 9)

Efectivamente, aunque ya inició el camino del género epistolar en Querido Miguel, ahora compone una obra solo a partir de la correspondencia entre diversos personajes. Hay correspondencia entre amores presentes y pasados, entre amigos y entre padres e hijos. Hay decepciones, muertes, matrimonios, nacimientos…, pero sobre todo, creo, hay soledad, mucha soledad y bastantes frustraciones.
Reproduzco lo que dice en su blog, devoradoradelibros.com, una gran seguidora y admiradora de la autora:

“La destreza de Ginzburg con el género se relaciona, sin duda, con su estilo despojado de artificios, cercano a la expresión oral, una narración «hablada» eficaz para componer las cartas (informales, cómplices, frescas) que se envían unos amigos. La autora explota las posibilidades de la novela epistolar con unos textos pulcros en los que importa tanto lo que se dice como lo que se omite, así como el tono, los tics, las obsesiones y las pausas. Poco a poco, como quien no quiere la cosa (es difícil desmenuzar una obra de Ginzburg, la artillería está tan bien ensamblada que cuesta discernir cómo lo hace), la historia (o, mejor dicho, las historias) se entretejen con este intercambio de experiencias.”

El único problema que le encuentro a la novela es que la correspondencia se produce entre bastantes personajes y en muchas direcciones lo que, para gente con la memoria un tanto deficiente como es mi caso, hace que a veces te quedes un poco perdido y haya que echar la vista atrás para recuperar el hilo. Es un problema menor y, lógicamente,  no resta interés ni valor a lo que cuenta.
En todo caso, no es el libro que más me ha gustado de Ginzburg, pero es que esta autora pone el listón muy alto con obras como Léxico familiar o Todos nuestros ayeres.

Natalia Ginzburg, La ciudad y la casa. Traducción Mercedes Corral.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

El buen periodismo



Soy un apasionado del periodismo como ya he demostrado muchas veces por las lecturas del blog. Cuando veo un libro sobre cualquier aspecto del tema me ilusiono con lo que podré encontrar en él. Hace solo un par de días vi este en la librería, lo compré y leí de un tirón. Apenas conocía a Ayestaran aunque precisamente le vi en el programa que Jordi Évole dedicó hace una semana al Dáesh. A Lobo sí lo conozco bastante, he leído más de un libro suyo y el último, Todos náufragos, me pareció magnífico y, como tuve ocasión de comentar por escrito al propio Lobo, encontré en él muchas referencias de carácter personal que tenían que ver también con mi propia historia.
Ahora se han juntado ambos periodistas y durante dos días han conversado sobre diversos aspectos de su profesión, en concreto creo que se puede dividir el libro en tres partes: por un lado, están sus reflexiones sobre la situación internacional centrada sobre todo en Oriente Medio; por otra parte, comentan algunas de las vivencias que más les han afectado personalmente ; y, finalmente, dedican un tiempo a analizar el estado actual de su profesión.
En los tres apartados he encontrado buenos análisis y sugerentes cuestiones. En la primera es Ayestaran, que vive y trabaja sobre el terreno,  el que más aporta. En la segunda me han impactado las historias que cuenta Lobo. En la tercera ambos ofrecen buenos análisis.
Hay una gran cantidad de coincidencias entre ellos, pero desde luego la fundamental, creo, es la fuerte crítica a la actitud occidental con respecto a los diferentes conflictos. Reproduzco algunos fragmentos de la conversación como ejemplo:

“R.: ¿Quién decide quiénes son los buenos y quiénes los malos? Una cosa está clara: son tan malos los que degüellan a un sacerdote en Francia como los que ponen una bomba en Bagdad, aunque esto último reciba muy poca atención mediática.
M.: Ninguna.” (p. 62)
(Sobre esta realidad ya he comentado en la reciente a un libro sobre la situación en África porque me parece un tema realmente sangrante.)

“M.: Creo que Europa sí tenía antes un papel de garante de la moral, pero lo ha perdido. El silencio durante el intento de golpe de Estado en Turquía o lo que pasó en Egipto lo demuestran. A Mohamed Morsi lo eligieron presidente de Egipto democráticamente, pero los militares dieron un golpe y no solo no se condenó o censuró, sino que se le dio la bienvenida. La UE abraza este tipo de golpes y dictaduras militares desde el minuto uno.” (p.63) 

“R.: Plantamos las urnas en países que no tienen ninguna estructura social ni tradición democrática, hacemos la foto y nos vamos diciendo que ya están en democracia. Más del 80% de las mujeres afganas y más de la mitad de los hombres son analfabetos. Votan lo que les manda el jefe del pueblo. Estados Unidos pone urnas para poder decir a las madres de los soldados que su hijo murió para proteger su país y para llevar la democracia a Afganistán. Es mentira. Los políticos lo saben. Pero hay un momento en que nos olvidamos de que estamos mintiendo.” (p. 72)

Especialmente duras me parecen las siguientes palabras de Lobo aunque reconozco que reflejan muy bien la realidad:

“R.: ¿No te pasa, Mikel, que cuando vuelves a casa la gente te pide que le cuentes lo que has vivido, pero que en realidad se la suda? Al llegar no tienes palabras para contar nada, y cuando llegan las palabras a nadie le importa una mierda lo que tienes que contar.” (p. 95)

Un libro absolutamente recomendable y que solo tiene un defecto aunque este sea grande, su tamaño: son apenas 140 páginas en formato bolsillo. Con estos temas y estos contertulios me hubiera gustado un libro de al menos el doble de espacio. Me han hecho disfrutar con la lectura y también plantearme algunas cuestiones. No se le puede pedir más a un libro.
Por cierto, ya estoy buscando el libro que Ayestaran acaba de publicar sobre Oriente Medio y espero que Lobo termine pronto la novela que según anuncia está escribiendo.

Mikel Ayestaran y Ramón Lobo, Guerras de ayer y de hoy.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Peculiares memorias


Estamos ante un libro peculiar en su confección ya que, aunque habla en primera persona el propio Fritz Thyssen, el libro lo escribió Emery Reves, un periodista y editor de origen húngaro,  que se basó en las confesiones que le hizo Thyssen y en sus propias aportaciones. Además, el libro se preparó en París y luego se publicó en Nueva York en una fecha tan temprana como1941 cuando Thyssen había sido detenido y encarcelado por el régimen. También es importante que la edición no contó con el visto bueno sino más bien con la protesta del propio Thyssen.
Como se afirma en el Prólogo de Juan Bonilla hecho para esta edición:

“Reves por lo tanto, jugador de ventaja como pocos, hombre enamorado de la actualidad y de los grandes nombres, hizo pasar por obra de Thyssen el libro, y aunque muchas de las cosas que cuenta están pintadas con colores exacerbados y tratan de salvaguardar la dignidad del propio Thyssen  (…), lo cierto es que a lo largo de todo el libro desliza información preciosa de las altas esferas nazis, de la manera de hacer negocios en un régimen corrompido en el que abundaban los botarates y, ni que decir tiene, los lameculos.” (p.12)

Aquí se menciona uno de los aspectos más interesantes del libro: el conocimiento de Thyssen y los contactos con las jerarquías del régimen hacen que sus informaciones sean especialmente valiosas. Además, es también muy relevante el hecho de que se trate de un industrial conservador y católico, por lo que nos da una buena perspectiva de cómo se veía el régimen desde esos sectores sociales.
Thyssen colaboró económicamente con los nazis al principio hasta que en un momento determinado se separó del régimen. A explicar ambos momentos se dedica la mayor parte del libro en el que no se elude la crítica, sobre todo a los aspectos económicos, como se puede ver en los ejemplos que siguen:

“Los nacionalsocialistas nunca han tenido un verdadero plan económico. Entre ellos, unos eran enteramente reaccionarios, otros abogaban por un sistema corporativo, otros sostenían los puntos de vista de la extrema izquierda. A mi juicio, Hitler ha fracasado porque ha considerado como una gran habilidad el asentir a la opinión de todo el mundo.” (p. 154)

“Durante siete años he tenido que luchar contra toda esa gente ignorante e incapaz. Es perder el tiempo discutir sus estúpidos proyectos o refutar sus especiosos argumentos. De hecho, el régimen nazi ha arruinado la industria alemana.” (p. 177)

Dos temas que me han interesado de forma especial son: por una parte, la visión que tiene de los movimientos revolucionarios de 1918 y 1919 y, por otro lado, lo que cuenta del fuerte rechazo del régimen por el catolicismo.
Un libro bastante interesante y con muchas aportaciones curiosas, pero que cuenta con la pega de no saber muy bien qué hay de cierto en todo lo que cuenta el autor y cuánto de justificación por el apoyo dado en los primeros años al régimen. Además de no saber, obviamente, qué partes son las que no gustaron a Fritz Thyssen. 
Hay una reseña muy buena y completa de Alejando Díaz-Agero en abc.es.


Fritz Thyssen, Yo pagué a Hitler. Traducción L.Rivaud.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Una distopía "realista"




Normalmente cuando una novela ha sido adaptada al cine he leído primero la novela y luego he visto la película. Me parece que por lo general es mucho mejor hacerlo así. En este caso el proceso ha sido inverso y, además, no se trata de una película sino de una serie de televisión de unas 10  horas de duración que en líneas generales hace una adaptación bastante fiel a la novela. (Se puede leer un artículo de Nidia García Hernández en el diario.es en el que critica bastante la adaptación.) 
Al tratarse de una obra que consiste en una distopía, pero que en la que también de alguna manera se pretende un cierto realismo, la imaginación del lector tiene que funcionar a lo largo de todo el libro, desde las vestimentas de los personajes a las descripciones del espacio urbano o del interior de las viviendas. Evidentemente, si se ve primero la serie todo esto se pierde porque cada vez que hay que imaginar viene a la memoria cómo se ha reflejado todo eso en la serie. Esta es una pérdida importante aunque creo que uno de los mayores logros de la adaptación televisiva es, precisamente, haber sido muy fiel y muy creativa en estos aspectos.
La novela es realmente magnífica. Te atrapa desde el principio y, aunque conozcas la historia, está tan bien narrada y tan bien utilizados los tiempos y los diferentes flash back que se disfruta desde el principio hasta el final.
“Es la primera vez que leo una obra de Margaret Atwood y no creo que sea la última. Lo cierto es que su prosa, inteligente, ágil, crítica, sarcástica y profunda, me ha resultado tan cautivadora como el personaje que ha trazado a la perfección para transmitírnosla, la pobre Defred. Esta autora posee una voz única y potente, lo que hace de esta historia algo tan fascinante como temible.”
Coincido plenamente con esta opinión del blog laorilladelasletras. También es mi primera lectura de esta autora de la que no sé por qué nunca me ha apetecido leer ninguno de sus libros que hay en casa. Este error lo subsanaré pronto.
Sobre el contenido de la obra no diré nada y me remito a la reseña de Ernest Alós en elperiodico.com.
Sí me gustaría comentar un aspecto de la novela del que habla la propia Atwood en la introducción que ha hecho para la presente edición. (La novela se publicó originalmente, y curiosamente,  en 1984.) Me refiero a su posible carácter feminista y antirreligioso. Para ello, reproduzco primero un fragmento en el habla uno de los comandantes que gobiernan la ciudad:

“-Ordeno que las mujeres luzcan indumentarias modestas –dice-, recatadas y sobrias; que no destaquen por el cabello trenzado, el oro, las perlas o los atavíos costosos.
Sino (como corresponde a las mujeres que se declaran devotas) por sus buenas obras.
Dejad que la mujer aprenda en silencio, con un sometimiento total. –En este punto nos dedica una mirada. Total – repite.
No tolero que una mujer enseñe, ni que usurpe la autoridad del hombre, sólo que guarde silencio.
Porque primero fue creado Adán, y luego Eva.
Y Adán no fue engañado, pero la mujer, siendo engañada, cometió una transgresión.” (p. 304)

Creo que solo con este texto ya se ve por dónde va la autora. Me parece que sí se trata de una obra claramente feminista y crítica con algunas formas que adoptan las religiones. Al menos es la sensación que a mí me ha quedado tanto tras la lectura de la novela como después de ver la serie de televisión.
Dice Atwood al respecto de la religión:

“De modo que el libro no está en contra de la religión. Está en contra del uso de la religión como fachada para la tiranía: son cosas bien distintas.” (p. 17)

Lo que sucede es que se ha utilizado tantas veces para una u otra forma de tiranía (aunque sea intelectual) que no es difícil estar en contra.
Para finalizar reproduzco otro fragmento de la autora en el que habla de sus fuentes porque me parece que es muy interesante para entender el contenido de la obra:

El cuento de la criada se nutrió de muchas facetas distintas: ejecuciones grupales, leyes suntuarias, quema de libros, el programa Lebensborn de las SS y el robo de niños en Argentina por parte de los generales, la historia de la esclavitud, la historia de la poligamia en Estados Unidos…La lista es larga.” (p. 18)

En definitiva, un libro impresionante y que recomiendo leer aunque se haya visto la serie de televisión. Eso sí, aunque se trate de una distopía hay elementos que están demasiado cercanos.

Margaret Atwood, El cuento de la criada. Traducción Elsa Mateo Blanco

jueves, 9 de noviembre de 2017

Denuncia desde África




El autor es un novelista y creador, pero también un activista social. Si como novelista ya aparece en el blog en una entrada de hace unos meses, ahora lo hace en esta faceta de activista, ya que en  este libro se recogen una serie de ensayos, siete en concreto, que tienen en común en palabras del autor: “la preocupación por el lugar de África en el mundo” (p. 9) La base de los ensayos son distintas conferencias que Thiong’o dio en diferentes lugares entre 2003 y 2009.
El principal interés del libro no radica en la novedad de los planteamientos. La mayor parte de las ideas ya han sido expresadas por multitud de intelectuales europeos y publicadas en muchos libros; lo importante es leerlas en un intelectual africano. Desde luego su visión es claramente de izquierdas y deudor de gente como Fanon o Cesaire y, como tal, enormemente crítica con la colonización y sus consecuencias para la sociedad africana.
Así dice, por ejemplo:

“Muchos de los puntos calientes en el mundo contemporáneo, con demasiada frecuencia, son consecuencia de una historia colonial consistente en dividir, expoliar y masacrar. Los dictadores más monstruosos de África fueron producto de las academias militares del mundo occidental, educados en la práctica colonial basada en la premisa de la falta de humanidad de los colonizados.” (p.100)

Me ha parecido especialmente interesante el análisis que hace de la situación lingüística de África y alguna de las ideas que aporta, así:
“La pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué las lenguas europeas ocupan un lugar privilegiado en el ámbito académico? El único motivo es que todos hemos tenido que aprender a usarlas, porque no hay nada intrínsecamente global ni universal en ellas; resulta que son las lenguas del poder. (…)
Hace falta una legión de intelectuales públicos arraigados en las lenguas vernáculas de la gente para argumentar, racionalizar, popularizar y hacer causa común con vistas a  una unión africana de base genuinamente popular.” (p. 92 y 93)

También se muestra muy duro con lo que sucede cada vez que hay atentados o muertos en algún país europeo y en otro africano:

“La pérdida de cualquier vida es, por supuesto, algo terrible. Ya hemos visto  cómo se alteran África y el mundo, y con razón, si un rehén europeo desaparece o pierde la vida en África. Pero no vemos la misma reacción ni siquiera cuando cien africanos desaparecen. Eso demuestra una absoluta indiferencia hacia los descendientes de los esclavos y una profunda preocupación por los descendientes de los esclavistas. No estoy diciendo que deberíamos ser igualmente indiferentes, más bien al revés: que nos impliquemos por igual.” (p. 114)

Esto es algo que me produce una gran indignación cada vez que sucede. Esos telediarios o noticiarios de radio informando al minuto de un muerto en Londres, o París o Nueva York y dedicándole horas, mientras que en algún país africano ha habido un atentado con decenas o centenares de muertos.

Como se ve estamos ante unos textos muy comprometidos y combativos que  no gusta escuchar desde la cómoda situación de un europeo, pero que muestran una realidad desgraciadamente muy real, tanto como esta última idea que reproduzco:

“Estamos creando un mundo en el que el capital tiene absoluta libertad de movimiento entre las fronteras de los Estados-nación, pero erigimos barreras racistas para frenar el movimiento de la fuerza de trabajo.” (p. 138)

Un libro recomendable por la claridad con la que están expuestas las ideas y por la pasión  que Thiong’o pone en ellas.

Ngugi Wa Thiong’o, Reforzar los cimientos. Traducción Marta Sofía López.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Un borrón lo echa cualquiera



Yasmina Khadra está entre mis escritores favoritos y como tal tiene su entrada correspondiente en la serie que hago en el blog. Hasta ahora solo me había dado un pequeño “disgusto” con una de sus novelas. Ahora ya puedo decir que son dos, eso sí, poco significativos en una producción tan elevada que conozco en su totalidad.
Khadra es un buen escritor que sobre todo elige muy bien sus temas y se compromete en lo que escribe. Tanto cuando hace novela negra, como cuando escribe sobre temas relacionados con la política de su Argelia natal o de la zona del norte de África en general, sus historias están bien contadas y tienen gran interés.
Esta vez, se ha desplazado nada menos que a la Cuba actual para contarnos una historia de amor un tanto irreal dando además algún toque de thriller para dar interés a lo narrado. La novela tiene un buen inicio con el protagonista, un cantante de canción cubana, sin trabajo por la venta del local donde trabajaba a una empresa privada. Hay entonces un principio  de retrato de algunos aspectos de la realidad cubana al mostrar a su familia y su vida cotidiana que, aunque ya muy vista y contada, puede ser interesante y en la que no falta las habituales críticas a la pobreza, las carencias, la vigilancia policial, etc.
Sin embargo, pronto se enamora de un extraño personaje y a partir de ahí la novela se viene abajo, o al menos es lo que  a mí me ha pasado. Y solamente muy al final retoma un cierto interés, pero ya es demasiado tarde.
Tengo también a Khadra por un escritor con un lenguaje duro y directo y por eso me extrañan textos como el siguiente puesto en boca del protagonista y que parece sacado directamente de un bolero:

“-Si no conseguí nada en la vida, es porque no valgo para nada. Una pobre ilusión, una bonita mentira, eso es lo que soy. Corro tras mi sombra y mis manos solo encuentran el vacío.” (p. 165)

Quizá lo más interesante del libro sea la traducción porque introduce una serie de modismos típicos del lenguaje de la isla que me imagino que no están en el original francés.
Ahora a esperar a que en la próxima novela retome sus temas y su escritura para poder disfrutar con su lectura.

Yasmina Khadra, Dios no vive en La Habana. Traducción Wenceslao-Carlos Lozano.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Novela muy teatral




Desde que hace dos años descubrí la faceta de Saroyan como novelista, he tenido ocasión de leer varios de sus libros con diferente suerte como he dejado constancia en anteriores entradas del blog. El que ahora comento es de los que me ha gustado.
Como casi todo lo que he leído del autor, este libro tiene una fuerte carga autobiográfica. Un escritor, de la misma edad que Saroyan,  va a Nueva York en 1955 para intentar que le publiquen una novela y también vender un guion para una comedia musical, pero realmente lo importante de su visita será encontrarse con sus hijos.
Los avatares con los editores le sirven al autor para hacer una ligera crítica de ese mundo y para defenderse de     quienes critican las obras que no tienen una trama llena de aventuras, pasiones amorosas, etc. (es decir, las suyas). Los encuentros con sus hijos, con su hija sobre todo, son lo mejor de la novela con unos diálogos realmente espléndidos. En algún sitio he leído que se podría hablar de una obra de teatro y casi lo es porque está construida fundamentalmente a base de diálogos que es la gran especialidad de Saroyan.
Obviamente, tampoco podía faltar alguna referencia a la inmigración como, por ejemplo, con este diálogo:


-        ¿Hay algo estadounidense que haya empezado en Estados Unidos? –añadió Van.
-        Algo sí. Y otras cosas se han acabado.
-        ¿Qué quieres decir?
-        Lo mejor de Estados unidos era la invitación incondicional a personas de todo el mundo para que vinieran a Estados Unidos, pero eso también se acabó aquí.
-        ¿Cómo?
-        Por ley. 
-        ¿Por qué?
-        Para impedir que personas de Europa y Asia vinieran a Estados Unidos, desde luego.
-        Pero ¿por qué?
-        Existe una teoría popular de que ya hay suficiente gente en Estados Unidos.
-        ¿Y es verdad?
-        En mi opinión, no. Ahora si hay alguien de Europa o de Asia que quiere venir a Estados Unidos, no puede. (p.181)

Una novela bastante corta como suele ser habitual en el autor en la que hay momentos muy conseguidos y personajes, como los hijos del protagonista, que dan pie a diálogos muy jugosos.
Muy recomendable lectura.


William Saroyan, Un día en el atardecer del mundo. Traducción Stella Mastrangelo.

martes, 31 de octubre de 2017

El capitalismo rentista




El autor ha sido calificado como “el gurú de la renta básica” por ser uno de los creadores y de los máximos defensores de esa idea. En todo caso se trata de un investigador muy crítico con el sistema capitalista. En este caso lo concreta principalmente en lo que él llama “el capitalismo rentista”, esto es, en un sistema en el que no funciona el mercado libre sino que los que tienen posibilidad de ello  se dedican a obtener diferentes tipos de rentas que, desde luego, no provienen de su trabajo.
El libro está dividido en ocho capítulos en los que estudia diferentes aspectos de ese capitalismo rentista. A mí particularmente me han parecido especialmente interesantes los que dedica al análisis de las subvenciones, a la creación de la deuda y a lo que  llama “el saqueo de los bienes comunes”.
Es un texto lleno de sugerentes análisis y ofrece una gran cantidad de cifras para justificar sus argumentos. De hecho, sobre todo en el capítulo dedicado a las subvenciones, creo que hubiera sido mejor no dar tantas porque a veces cuesta trabajo seguirlas y, además, son tan elevadas en algunos casos que incluso resulta difícil terminar de creerlas.
Algunos de sus análisis no son especialmente novedosos, ni él lo pretende, pero están muy bien traídos y resumidos como cuando dice por ejemplo:

“En la actualidad, se mantienen bajos los salarios por motivos de “competitividad” frente a los pagados en algún otro lugar del mundo, mientras que el anhelado consumo doméstico se aviva mediante el crédito fácil”. (p. 153)

Y a continuación, y en relación con ese crédito fácil,  da una de esas cifras que parecen difíciles de creer aunque desgraciadamente será real:

“En EE.UU., las tiendas de préstamos por anticipo de nómina superan en número de lejos a los restaurantes McDonald’s y son la principal fuente de crédito para 90 millones de norteamericanos carentes de cuenta bancaria.” (p. 154)

Desde otro punto de vista, el de los efectos de algunos de los procesos que explica, el siguiente fragmento me parece muy significativo de cosas que podemos ver casi a diario:

“Deberíamos hacer un último comentario acerca de las sociedades que se basan en la deuda, como hacen todas las economías rentistas. Los psicólogos han demostrado que la deuda afecta negativamente a la salud mental y la lucidez, y lleva a tener una mentalidad más pasiva y conservadora. La inseguridad asociada con la deuda hace que las personas sean menos resilientes y tengan menos iniciativa. Tener un gran número de personas profundamente endeudadas y expuestas a circunstancias que hacen más probable el endeudamiento erosiona también la libertad, que necesita no verse dominada por presiones externas.” (p. 167-168)

Como se ve, se trata de un texto tremendamente sugerente, con muchos elementos para debatir y analizar, pero que, al igual que me ha sucedido recientemente con otros libros que analizan la realidad actual, también me lleva a acrecentar el pesimismo sobre las posibilidades de poder cambiar, bien que sea mínimamente, la sociedad en la que vivo. De hecho, siguiendo la costumbre en este tipo de libros, Standing dedica un capítulo final a hacer algunas propuestas que, en mi opinión, no dejan de ser un conjunto  de parches sin ninguna articulación y, sobre todo, algo también demasiado habitual, sin decir quién y cómo se podrán llevar a cabo, porque como el propio autor reconoce:

“Si la mayoría de los medios están controlados por una elite, si están vinculados a un partido político y a un conjunto de intereses dominantes, si ese partido lo financia la plutocracia, y si los grupos de presión forman una infantería de los interese en cuestión, necesitamos preguntarnos cómo podrá conseguirse el cambio político.” (p 268)

En todo caso una lectura muy interesante.
Hay una entrevista de Lluís Pellicer Con Standing en el país.com.

Guy Standing, La corrupción del capitalismo, Traducción Antonio Iriarte.

lunes, 30 de octubre de 2017

Impresionantes memorias



“Las memorias de Evgenia Ginzburg son, de manera explícita, el relato de un viaje a los infiernos carcelarios del comunismo soviético, pero también, y de manera mucho más sigilosa, la confesión de alguien que ha aprendido algo sobre sí mismo y sobre su alma, que ha ido alcanzando grados sucesivos de conocimiento y desengaño en la misma medida en que conoce celdas, despachos de interrogadores, campos de trabajo que siempre son no el destino final de una castigo, sino un episodio en el tránsito hacia un tormento mayor, hacia otro campo situado más lejos, en los últimos extremos de Siberia y del invierno, en las fronteras mismas de la aniquilación y del retroceso a la más desnuda y envilecida animalidad.” (p. 9-10)

Estas palabras del Prólogo escrito por Antonio Muñoz Molina resumen muy bien el contenido de este impresionante testimonio.
He leído la mayoría de los libros de los supervivientes de las purgas estalinistas que han sido traducidos, pero en ninguno como en este he visto de forma tan clara todo el proceso y tantos lugares pues desde los inicios en las cárceles de Moscú hasta el final en diversos lugares de Kolimá, la autora pasó por multitud de lugares y trabajos en los que conoció a una ingente cantidad de personas, tanto represaliadas como ella como muchos que formaban parte de los represores, desde carceleros e interrogadores hasta directores de campos de concentración o trabajo.
El texto que comento realmente se compone de dos libros. En el primero, El vértigo, que se publicó en Italia en 1967 y el mismo año se tradujo en España, Ginzburg relata su detención, su estancia en diversas cárceles y, en una segunda parte, el viaje hasta Kolimá. En el segundo, El cielo de Siberia, escrito con posterioridad (en España se publicó en 1980), cuenta los padecimientos que pasó en el extremo oriente ruso, para en una segunda parte, seguir viviendo allí como “libre” una vez cumplida su condena hasta que liberasen a su segundo marido. En este segundo libro quienes hayan leído a Varlam Shalámov encontrarán lugares y situaciones muy conocidas, eso sí, contadas siempre en primera persona.
Evgenia Ginzburg es una extraordinaria narradora. Dice también Muñoz Molina en el Prólogo mencionado antes:

“Su escritura, seca y honda, lacónica como un informe y atravesada de intuiciones certeras sobre la condición humana, podría ser la de un novelista, si es que creemos todavía que la cima de la literatura narrativa es la novela.” (p. 18)

Y, efectivamente, se lee como una novela aunque lo que en el libro se cuente responda a hechos reales que en muchos momentos el lector puede dudar que hayan podido suceder por el esfuerzo de memoria que suponen, algo que  a la autora no le pasó desapercibido y así escribe casi al final del libro:

“Algunos lectores suelen preguntarme: ¿cómo ha podido conservar en la memoria tal masa de hechos y de versos, de nombres de personas y de lugares?
La repuesta es muy sencilla: he podido hacerlo porque, a lo largo de aquellos dieciocho años, el objetivo principal de mi vida esa precisamente ese: ¡recordar para escribir después! En el momento mismo en que traspasé el umbral de la cárcel subterránea del NKVD de Kazán, comencé a reunir materiales para este libro.” (p. 848)

De un libro como este, que además tiene 854 páginas, se pueden comentar multitud de cosas y fijarse en muchos de los momentos relevantes, pero creo que lo mejor que puedo hacer ahora es recomendarlo encarecidamente. No se pasarán gratos momentos, aunque también hay personas que demuestran un alto grado de humanidad y solidaridad en situaciones tan extremas, pero sí que se asistirá a la vida en todas sus dimensiones. No se trata de un texto que se pueda leer de un tirón, y no solo por el tamaño, pero sí que se lo echará de menos si no se coge un rato cada día.
No tiene mayor importancia, pero resulta curioso el hecho de que cada parte tenga un traductor diferente porque en el caso del primer libro, traducido en 1967, aparecen bastantes palabras que hoy están prácticamente desaparecidas o en completo desuso como por ejemplo: antiparras, apañuscados, absurdidad, escandidas, etc.

Evgenia Ginzburg, El vértigo. Traducción Fernando Gutiérrez y Enrique Sordo.

martes, 24 de octubre de 2017

Novelando la guerra de Vietnam



Hacía tiempo que no se traducía ningún libro de este escritor. Entre 2011 y 2013 leí los tres libros hasta entonces publicados de los que el titulado Las cosas que llevaban los hombres que lucharon me pareció un gran libro. Por eso al ver este que ahora comento y saber que también iba sobre la guerra de Vietnam me abalancé sobre él. Este libro fue escrito en 1978 y, por lo tanto, es muy anterior al de Las cosas que llevaban… y no sé si será por eso o por otra circunstancia, el caso es que aunque trate de la misma guerra el planteamiento es en parte diferente.
De alguna manera se podría decir que estamos ante dos novelas que se van intercalando dentro del mismo libro. Por una parte hay un escrito bastante realista en el que se describe la guerra y, sobre todo, la situación de los soldados: sus padecimientos, sus dudas, sus miedos, etc., es decir, lo habitual en una novela que trate de la guerra. Esta parte abarca más o menos la mitad del texto y en ella podemos encontrar fragmentos como los siguientes:


“Y yo lo que digo es que a la mayoría de los soldados los propósitos y la justicia se la traen muy floja. Ni siquiera piensan en esas mierdas. Están demasiado ocupados dando botes para que no les corten la cola. Propósitos… ¡A la mierda los propósitos! Lo que a ellos les preocupa es cómo seguir respirando.  Lo que piensan es qué sentirán cuando pisen esa trampa. ¿Se volverá locos? ¿Se vomitarán encima, llorarán, se desmayarán, gritarán? ¿Qué aspecto tendrán cuando no sean más que huesos, carne y pus? En eso piensan, no en los propósitos.

-        Y en huir- dijo Fahyi Rhallo-. Los soldados piensan en huir. ¿ Huirán o resistirán y lucharán?” (p. 225)


“Ni siquiera conocían las cosas más simples: la sensación de la victoria, de la satisfacción, del sacrificio necesario. No conocían la sensación de conquistar una posición y mantenerla, de asegurar una aldea y luego izar la bandera y cantar victoria. No había ninguna sensación de orden ni de progreso. No había frentes, ni retaguardia, ni unas trincheras claramente dispuestas en paralelo. No había ningún Patton que avanzara hacia el Rin, ni cabezas de playa que atacar, ganar y conservar por algún tiempo. No tenían objetivos. No tenían causa. No sabían si la guerra obedecía a la ideología, a la economía, a la hegemonía o al desprecio.” (p. 307)


Este tipo de ideas es bastante habitual en la novela que tanto me gustó de O’Brien hace unos años.
Sin embargo, hay otra parte en la que, siguiendo el enunciado del título, un grupo se dedica a perseguir a Cacciato, un soldado fugitivo,  desde Vietnam hasta París, pasando por la India, Afganistán  o Grecia. Esta parte se desarrolla intercalando capítulos en el resto de lo contado. A mí no me ha aportado nada y, sobre todo, a medida que avanzaba la persecución me iba interesando cada vez menos. Solo el capítulo en el que son detenidos por la policía política de Irán tiene interés por los debates que se establecen en torno a la guerra.
Seguramente el problema es que yo no he terminado de captar el sentido de toda esta especie de ensoñación que es en lo que consiste  la persecución por medio mundo, pero en cualquier caso lo que sí resulta evidente es que rompe completamente con el fondo y la forma de lo que está narrando en el resto del libro.
Se trata pues de una novela muy desigual que atrapa por momentos e incluso emociona, pero que luego te da una ducha de agua fría. Para mejores críticas se puede leer la contraportada.
En todo caso, no dejo de recomendar a este autor y sobre todo el libro que mencionaba al principio del comentario.



Tim O’Brien, Persiguiendo a Cacciato. Traducción David Paradela López.

jueves, 19 de octubre de 2017

Emocionante novela




“Si Pablo fuera mi personaje, no habría muerto. (…) Pero esta historia la han escrito otros por mí. Yo solo la estoy llorando.” (p. 166)

En esta frase que cierra el tercer capítulo del libro se resume muy bien cuál es el espíritu y el ánimo del autor.
El 19 de septiembre pasado hacía la primera entrada sobre un libro de Sergio del Molino y hoy, justo un mes después, hago la tercera. Esto solo puede significar que es un escritor que no solo me ha gustado sino que me ha impactado. No diré nada de los otros dos libros pues ya están comentados y muy recientemente en el blog. Curiosamente, me suele suceder a menudo que leo a algunos autores en sentido inverso a la fecha de publicación de sus obras lo que me ha vuelto a pasar en este caso. 
En la reseña hecha por Santi en el blog unlibroaldia.blogspot.com se afirma: “La hora violeta es una obra triste pero, a pesar de todo, no desesperanzada ni desesperanzadora. Tiene pasajes cargados de un dolor y una angustia evidentes; pero el tono escogido para mostrarlos es de una aceptación y una calma casi estoica”.
Pongo a continuación dos fragmentos que reflejan bastante bien el tono de una parte importante del libro:

“Hijo mío, ¿me perdonarás alguna vez? ¿Sabrás disculpar que no pueda salvarte? No sé ni siquiera si soy digno de reclamar tu perdón. No sé si merezco tus besos. Sólo puedo quererte de esta forma tan inútil y desquiciada. Sólo puedo acompañarte, aguantar tu mano en el dolor. Estás solo ante los monstruos, cariño mío. No sé ahuyentarlos, no sé evitar que te hagan daño. Incluso se me niega el último gesto heroico de sacrificarme por ti, de gritarte que salgas corriendo mientras soy devorado por los bichos. No estoy programado para esto. Mi instinto de padre se rebela, pero ni tiene contra quién rebelarse. Es una insurrección suicida, un grito contra mí mismo.” (p. 86)

“La tralla (se refiere a las fuertes dosis de quimioterapia) noquea a Pablo, que debe recibir transfusiones casi cada día. Devora las plaquetas. Le transfunden una bolsa y, al día siguiente, los niveles hematológicos vuelven a estar casi a cero. La piel, transparente. No tiene hambre. El aparato digestivo se le ha llenado de llagas. No come. Se queja, no sonríe, no quiere ni pide nada. Sólo nuestros brazos, sólo el contacto cálido y lejanamente uterino de nuestro cuerpo. Y ni siquiera obtiene eso. No podemos darle nuestros cuerpos, sino una versión estéril de ellos, encubierta con batas y mascarillas quirúrgicas.” (p. 91)

Finalmente, porque creo que aclara muy bien el sentido del libro, reproduzco un fragmento de la entrevista que hace al autor Benito Garrido en culturamas.es:

P.- Realista, narrada en primera persona, los sentimientos del padre y del enfermo se hacen plausibles. ¿Es el estilo más adecuado para empatizar con el lector?
Quería que el libro se pareciese a un dietario. Y, en cierta forma, es un falso dietario, narrado en tiempo presente. Buscaba la mayor cercanía posible con el lector. Si hubiera escogido otro punto de vista, habría tenido que recurrir a la ficción o habría marcado unas distancias impropias con la historia, como si esta no fuera conmigo. Era, de nuevo, la estrategia más honesta y limpia que encontré.

Tras estas reproducciones me falta expresar el impacto que a mí me ha producido la lectura. Tengo que advertir, porque creo que influye bastante en dicho impacto, que soy padre de un niño de siete años a pesar de haber nacido hace muchísimos años.            Quiero expresar con ello que estoy tremendamente sensibilizado con todo lo que les pase a los niños como vengo observando por mis reacciones ante determinadas imágenes tanto reales como de ficción. En este sentido, a pesar del cuidado que pone al autor para no convertir la historia en un melodrama, tengo que reconocer que en muchos momentos me ha puesto un nudo en la garganta y otro en el estómago; que he tenido ganas de compartir su llanto en muchos momentos y que me he sentido solidario con su dolor y su impotencia.
Del Molino es un extraordinario narrador como buen periodista que es, pero además, como he podido comprobar en los tres libros que he leído, es un escritor con una gran sensibilidad escriba de lo que escriba, pues si bien dos de los libros hablan entre otras cosas de la muerte, en La España vacía también la demuestra y el tema es bien diferente.
En fin, solo me resta recomendar el libro advirtiendo, eso sí, que puede herir la sensibilidad del lector, pero también en esto se demuestra que es un gran libro.
No lo he mencionado hasta ahora, pero creo que se deduce claramente de lo puesto que estamos ante una obra de lo que actualmente se llama faction o non fiction.

Sergio del Molino, La hora violeta