miércoles, 4 de septiembre de 2019

El arte de la falsificación




Este es uno de esos libros que caen en mis manos por algo oído en la radio por casualidad y sin prestar demasiada atención, pero la suficiente para que me quedase la idea de que se trataba del retrato de un personaje peculiar e interesante.
Y así es. Aunque el libro empieza con la persona de la poeta Emily Dickinson, la falsificación de un poema suyo y su subasta en Sotheby’s, tema al que dedica los primeros capítulos, el verdadero protagonista es Mark Hofman, el falsificador no solo de ese poema sino de multitud de documentos históricos muchos de ellos relacionados con la religión mormona.
De él dice Worrall:

“Y Hofman no era un falsificador mediocre. De hecho, en los largos años de la falsificación literaria nunca ha habido un falsificador tan meticuloso en su investigación, tan diestro en la técnica, tan malévolo en sus intenciones y tan grandioso en sus propósitos.” (p. 186)

A explicar su técnica tanto de imitación del papel y la tinta, como de la propia escritura del texto del que se trate, dedica el autor muchas páginas que, a veces, me han resultado muy difíciles de entender porque es muy meticuloso y preciso en las explicaciones. No sucede lo mismo cuando comenta las pretensiones que no eran solo crematísticas sino, en lo que se refiere a la falsificación de documentos mormones, también en gran medida de desprestigio de esa religión que era la de sus padres y la que le impusieron desde niño. Precisamente uno de los capítulos que me han resultado más interesantes es el que se dedica a explicar los orígenes de esa religión y de su creador Joseph Smith.
El retrato de Hofman y, sobre todo, de su trabajo como falsificador es el núcleo del texto y lo más apasionante, tanto por la ingente y bien hecha labor de Hofman, como por el hecho de que nadie fuese capaz de identificar que se trataba de falsificaciones a pesar de que algunos textos los vieron los mejores especialistas en el tema. Además, hay otros aspectos que también son muy interesantes, así: la impresionante labor de Franklin para ordenar los poemas de E. Dickinson dada la forma en que los dejó la escritora o la crítica a las empresas de subastas en general y a Sotheby’s en particular, entre otros.
También como dice Guzmán Urrero en su reseña en cualia.es:

“Por las páginas de La poeta y el asesino circulan las grandes pasiones humanas: el cinismo, la voluntad de poder y la codicia, pero también la exquisitez y la sutileza.”

Un libro recomendable por su originalidad y por tratar de alguien capaz de falsificar la firma de 129 personajes históricos desde Lincoln a Daniel Boone pasando por Mark Twain, y de documentos que van de un poema de Emily Dickinson a “El Juramento del Ciudadano”.
Hay una reseña muy completa e interesante de Ismael  Rodríguez en lasoga.org.


Simon Worrall, La poeta y el asesino. Traducción Beatriz Anson.

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