viernes, 4 de enero de 2019

Un gran clásico danés



Me parece una gran suerte empezar el año 2109 en el blog comentando la magnífica novela de este gran escritor danés, que obtuvo el Nobel en 1917, y haber podido leerlo  gracias a la traducción hecha por una vieja amiga.
Compara la editorial en la contraportada la obra de Pontoppidan con las de Thomas Mann y Dostoyevsky; yo no me atrevo a tanto, pero sí a decir que estamos ante una gran novela, una de esas obras cuya lectura cuesta abandonar y en la que se plantean multitud de problemas de toda índole desde lo más personal e individual hasta algunos problemas colectivos.
Habla la traductora en su extensa, documentada y muy interesante introducción, de que se trata “de un viaje de iniciación” y que tiene “la estructura típica de la novela de aprendizaje o de formación de carácter”, y así es, porque además, el objetivo último, tal y como queda demostrado en el capítulo con el que se cierra el libro, es llegar a una cierta identidad personal. En esa búsqueda Per, el protagonista, pasará por multitud de situaciones profesionales, de relaciones amorosas, de dudas y afirmaciones en el tema religioso, y de lugares tanto dentro como fuera de Dinamarca. Esto es lo que nos cuenta el autor a lo largo de 698 páginas en formato grande y tipografía bastante comprimida, lo que da idea de la minuciosidad y el detalle con que lo hace.
La obra fue publicándose por entregas en ocho volúmenes entre 1898 y 1904. Luego el propio autor preparó la edición en un solo volumen que es la que se ha traducido. Es una novela muy en la línea de la literatura realista, y en algunas cosas naturalista, que se llevaba por entonces con virtudes y quizá con el único defecto en este caso de alargar demasiado algunas situaciones.
En esa búsqueda de la identidad van apareciendo diferentes temas que debían de ser los relevantes en la sociedad danesa de la época. Así, las diferencias campo-ciudad y la necesaria modernización del país (aquí está latente el trauma que supuso la derrota en la guerra con Prusia de 1864), el conflicto religioso entre un protestantismo más racional y otro más centrado en los sentimientos (sobre este aspecto es muy interesante lo que explica la traductora en su introducción), los defectos de carácter del pueblo danés y, no tanto como debate sino como caracterización,  la relevancia de los judíos en la alta sociedad danesa.
Un conjunto de temas que atraviesan casi toda la novela y con los que el protagonista entra en contacto por su profesión o por sus relaciones de amistad o amor.
Dejo ejemplos para mostrar el tratamiento que da Pontopiddan a algunos de los temas:

 “¡Gente sin pretensiones! ¡Gente infeliz!” (p. 159)

“Porque ahora sabía que había nacido para ser, dentro de su campo, gallo mañanero y profeta de aquella sociedad amodorrada, hecha de hijos de curas y sacristanes con sangre de horchata en las venas.” (p. 166)

“En los yermos páramos de Jutlandia, donde sólo unas cuantas ovejas escuálidas hallaban ahora miserable sustento, veía ciudades multitudinarias, campamentos laboriosos donde no habría campanas de iglesia que tocaran a media noche llenando los corazones de miedo a fantasmas, sino chorros de luz eléctrica ahuyentando las tinieblas con su séquito de espectros.” (p.  207) (Especie de ensoñación de Per.)

“Nunca había sentido con tanta fuerza como ahora el crimen contra la humanidad que ha supuesto el cristianismo. Jamás había experimentado tal vergüenza al comprender lo mucho que nos falta por crecer todavía para llegarle simplemente al hombro a un pueblo cuya grandeza humana osó desacreditar al macilento castrado de Nazaret.” (p. 360)  (De la carta que escribe a Jakobe, su novia judía,  en la que le habla del libro Historia de Roma de Mommsen)

“Pero, por mucho que busco en sus dos mil años de historia, no encuentro, tras la máscara de santidad, más que el mismo ensañamiento solapado y tiránico, la misma sangre fría para la elección de cualquier medio con tal de que sirva para cumplir con el fin último de satisfacer la ambición de poder. Ningún movimiento espiritual se ha aprovechado hasta tal punto  de los aspectos más negativos de la naturaleza humana. Por ello –y exclusivamente por ello. Es por lo que la iglesia cristiana ha tenido la expansión que ha tenido.” (p. 541) (Carta de Jakobe a Per)

No he dicho nada de la multitud de personajes interesantes que pueblan la novela: pastores protestantes de las diferentes tendencias tanto en la ciudad como en el campo, gente humilde de Copenhague con la que vive al principio, miembros de la sociedad judía, compañeros de sus estudios de ingeniería, las diferentes mujeres con las que intentará conseguir una relación estable, etc. Personajes muy bien construidos por lo general y que sirven como buen contrapunto a ese protagonista con el que el que el lector es fácil que mantenga una relación ambivalente, ya que si es admirable su búsqueda y su capacidad de desprendimiento, también cuesta aceptar su ambición, su vanidad y amor propio, sus dificultades para el afecto. Desde luego, en mi caso, la identificación ha sido muy grande con algunas de sus reflexiones sobre la religión.
En fin, es un libro del que se pueden decir muchas cosas, pero que sobre todo hay que recomendar. Es una lectura muy gratificante y de las que dejan huella.
Hay una extensa e interesante reseña de ValentínPérez en elminotaurodigital.net y una crónica de la agencia EFE en elconfidencial.com sobre la presentación en Madrid que ofrece algún detalle de interés.


Henrik Pontoppidan, Per el afortunado. Traducción María Pilar Lorenzo.

1 comentario:

  1. Maria Pilar Lorenzo18 de enero de 2019, 17:59

    Gracias, Carlos, por esta reseña tan inteligente de un libro que, como clásico y denso, pasará desapercibido para la mayoría de la gente. Su editor, José María de la Torre, demostró su perspicacia y vocación como tal al publicar más de un siglo después de su aparición, esta gran novela, que encabeza el ranking de la literatura danesa y que Georg Lukács llegó a comparar con el Quijote.
    Tu reseña resulta además muy oportuna, porque en Dinamarca se acaba de estrenar con gran éxito la última versión versión cinematográfica de la novela, que no es, sin embargo, más que un pálido reflejo de la obra de Pontoppidan, y no es impensable que pronto llegue a las pantallas españolas.
    Henrik Pontoppidan será siempre además, como lo fue su compatriota Hans Christian Andersen, la mala conciencia de Dinamarca, la que desentraña los aspectos menos gratificantes de ese país. Lo cual no deja de ser un buen antídoto frente a su cacareada imagen de felicidad, tan explotada actualmente en el extranjero.
    Y si te interesa el conflicto que Pontoppidan, como hijo de pastor protestante, tiene con la religión, quizás te gustaría también leer La tierra prometida, publicada un par de años más tarde en la misma editorial.
    Un gran abrazo

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