miércoles, 27 de enero de 2021

Irlanda del Norte: el IRA


En su Nota final sobre las fuentes dice el autor: 

“Esto no es un libro de historia sino una obra de no-ficción narrativa. Ni los diálogos ni los pormenores son inventados; si en algún momento describo los pensamientos de algún personaje es porque este me lo explicó así a mí, o a otras personas, tal como queda dicho en las notas”. (p. 451)

Efectivamente, estamos ante una novela de no-ficción en lo mejor de una “tradición” que se está imponiendo hasta convertirse casi en un género, aunque si la comparo con otras que he leído, no sé si por el hecho de que la escribe un periodista, esta se apega más a las fuentes hasta el punto de dejar al final constancia de ellas a través de unas notas que ocupan 70 páginas con una letra bastante pequeña.

El tema es el conflicto en Irlanda del Norte en general y el momento de los Troubles (disturbios) de los años setenta en particular. Para ello parte del secuestro de una viuda madre de diez hijos no se sabe por parte de quién. A partir de ahí, va presentando a distintos personajes del IRA Provisional, los provos, que participaron en la violencia que se desató en esa época. A esto dedica la primera parte de las tres en las que ha dividido el libro. En la segunda, se centra en estos protagonistas y asistimos a diferentes atentados, huelgas de hambre, como la famosa de Bobby Sands, etc. La tercera, La hora de la verdad,  la dedica a explicar el Proyecto Belfast, a la existencia de los soplones fomentados por las autoridades británicas, los topos y a intentar averiguar quién secuestró y luego asesinó a Jean McConville, la viuda (aunque este tema realmente está presente a lo largo de todo el libro).

Esto no es sino una pequeña muestra de lo que ofrece un libro que tiene 450 páginas y del que Keefe dice lo siguiente sobre su objetivo al escribirlo:

“El entramado que formaban las vidas de Jean McConville, Dolours Price, Hughes y Gerry Adams me inspiró a contar una historia sobre cómo ciertas personas llegan a radicalizarse en su inflexible devoción a una causa, y sobre cómo unos individuos –y toda una sociedad- dan sentido a la violencia política (…)”. (p. 434) 

Para tan ardua tarea el autor ha utilizado todo tipo de instrumentos: Entrevistas, prensa, cartas, emails inéditos, documentos del gobierno, autobiografías, testimonios de testigos, diarios personales, informes forenses, etc. como queda perfectamente documentado y reflejado en sus notas. El verdadero mérito es que, habiendo utilizado tantísimo material, la lectura no se resienta en absoluto y resulte no solo adictiva, que lo es y mucho, sino fácil se seguir gracias a la agilidad narrativa, por un lado, y a la claridad expositiva, por otro.

En este sentido es interesante lo que plantea MarcPeig en su completísima reseña en unlibroaldia.blogspot.com:

 “La mano habilísima del autor se encarga de eliminar cualquier prejuicio, narrando los hechos de manera natural, no arrojando datos o suministrando información, sino centrando la acción en algunos personajes clave, metiéndose en su piel y logrando que conectemos con ellos, al retratar perfectamente su mentalidad, su ideología, pero especialmente su vida”.

Este es un tema que me interesó desde que a finales de los 90 del siglo pasado hice un viaje organizado por la República de Irlanda, viaje en el que una tarde nos llevaron a Derry donde quedaban muchos restos de lo que allí había sucedido. Luego tuve ocasión de leer dos libros que publicó en poco tiempo  Rogelio Alonso, entonces corresponsal de El País, uno de ellos especialmente interesante pues explicaba a partir de entrevistas personales las diferencias y los problemas entre las dos comunidades enfrentadas en Irlanda del Norte.

En este libro de Keefe no hay informaciones de este tipo porque su objetivo es otro. Eso sí, trata de la presencia del ejército británico y de las distintas fuerzas de policía que se configuraron en las cuales era casi inexistente la presencia de gente de la minoría católica.

Hay muchas cosas que se pueden destacar de este libro. A mí me gustaría hacerlo con algunos aspectos puntuales. Así, cuando secuestran a Jean McConville sus 10 hijos quedan sin ningún tipo de ayuda al principio, algo muy chocante en una sociedad tan católica; los abusos sexuales que se producían en el orfanato de los Hermanos Cristianos (esto ha sido tratado por Benjamin Black, es decir, por John Banville, en casi todas sus novelas), abusos de los que el mismo Gerry Adams “reconoció que en Irlanda existía una “cultura del ocultamiento” (p. 403); y hablando de Adams, el personaje más conocido y con más recorrido de los que salen en el libro, hay que decir que está tratado con bastante ambivalencia, pues aunque se le reconocen los méritos en el proceso de paz, también se dejan incógnitas menos positivas sobre su actuación en otros momentos (por ejemplo, cuando no acepta el trato de Thatcher para parar la huelga de hambre por la que murieron varios militantes) o, por no hacerlo más largo, la existencia del Proyecto Belfast por el que se harían entrevistas a los principales protagonistas del conflicto que se guardarían en el Boston College y solo se dejarían a los estudiantes una vez muerto el entrevistado (como se ve en el libro, dieron bastante juego por incumplimiento de los acuerdos).

Evidentemente, y aunque no he hecho mención de ello hasta ahora, un libro sobre este tema recuerda en muchísimos momentos cosas muy parecidas sucedidas en el estado español con ETA. El año pasado fue Patria uno de los libros más vendidos. El tratamiento de Keefe es muy diferente del de Aramburu entre otras cosas porque, como él mismo reconoce, se ha centrado solo en una de las dos comunidades, la católica.

En fin, un libro algo más que recomendable no solo porque es muy interesante lo que cuenta y ayuda a entender muchas cosas, sino porque además, y esto no siempre se consigue con estos temas, está narrado en forma magistral y con unos giros de guion que ya quisieran muchos thrillers.

Además de la ya citada hay otra buena reseña de Andrés Seoane en elcultural.com.

 

Patrick Radden Keefe, No digas nada. Traducción Ariel Font Prades.

 


 

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