Qué placer me produce siempre leer a este grandísimo
escritor francés. He leído prácticamente todo lo traducido de su obra y
solamente un libro, El Reino, me dejó frío seguramente por mis posturas
antirreligiosas más que por el propio texto.
En este Koljós, por cierto un curioso título,
nos ofrece una visión de su familia centrada principalmente en su madre, la
famosa historiadora y escritora Hélène Carrère D’Encausse que, no por
casualidad, son los dos apellidos de su marido ya que el suyo es un complicado
apellido georgiano, país del que procede su familia y ella misma.
El libro, de 437 páginas, está dividido en 321
capítulos. Los cuatro primeros los dedica a sus bisabuelos y abuelos. Tienen el
interés de ver cómo funcionaba la emigración en los primeros años del siglo
pasado. Me ha costado a veces seguir la trayectoria porque aparecen muchos
personajes y no siempre sus nombres son fáciles.
A partir de ahí ya se centra en su familia cercana y
dedica capítulos monográficos a Nicolas, el hermano de su madre, la joven
Hélène y Louis, para continuar ya con la historia de los dos últimos y,
lógicamente la del propio Emmanuel una vez haya nacido.
El autor deja pronto clara cuál es la intención de este texto en un fragmento un poco largo pero que reproduzco por su interés.
“Me gustaría escribir este libro bajo el signo de la piedad filial, pero no estoy seguro de ser capaz. A estas alturas de la historia y mi madre solo tiene 15 años, ya la retrato como una mujer autoritaria y dura, y finjo escandalizarme por lo que dice Nicolas, “Hélène no es solamente una historiadora de la Unión Soviética; es una historiadora soviética”, cuando yo mismo he dicho alguna vez: “Mi madre te miente hasta cuando le pides la hora”. Si sigo por esa pendiente, no voy bien encaminado para hacer de este relato el monumento de piedad filial que me gustaría que fuera. Aun así me pongo a ello con la esperanza de que me sorprenda, de que, al perforar la corteza de rencor y malentendidos acumulados desde hace más de 50 años, llegue a lo que debe ser la fuente de este libro: el amor sin límites que nos unió en mi infancia.” (p. 105)
Es interesante la frase final porque, efectivamente,
parece que fue solamente en la infancia cuando se produjo ese amor de madre. A
lo largo del libro Hélène no suele aparecer como alguien positivo salvo en su
faceta pública en la que sí tuvo mucha notoriedad hasta el punto de ser
Secretaria vitalicia de la Academia francesa, además de obtener numerosos
galardones y medallas de honor. Llegó incluso a ser eurodiputada. Sin embargo,
en su vida privada, tal y como lo cuenta su hijo, dejó una impronta menos positiva.
Baste el dato de que estuvo casada 71 años con su marido y, según cuenta el
hijo, durante los últimos cincuenta no apareció gesto o palabra de cariño hacia
él.
Evidentemente, no se trata de contar nada de un libro
que además de la historia familiar incluye algunas interesantes anécdotas como,
por ejemplo, la de Salomé, una prima que era embajadora de Francia en Georgia,
el presidente de ese país logró poder nombrarla ministra de Exteriores en 2004
y, finalmente, terminó de presidenta tras ganar las elecciones en 2018. Dedica
bastante espacio a hablar sobre la guerra de Ucrania tanto la actual como el
conflicto que hubo antes por Crimea y la parte oriental, un conflicto en el que
su madre fue comentarista en diferentes medios de comunicación.
La parte final, en la que relata los últimos momentos
de su madre me ha resultado muy emotiva y tengo la impresión de que le ha
costado bastante escribirla.
Si lo que cuenta Carrère en este libro resulta
interesante, aunque puede que a algún lector le sobren algunas cosas, también
es muy importante la escritura y la capacidad narrativa del autor, algo que no
por habitual en toda su obra deja de sorprender, lo mismo que su implicació0n
personal. Claro que es uno de los principales exponentes de lo que se ha
llamado “literatura del yo”.
No quiero terminar el comentario sin reproducir un fragmento que me ha llamado la atención y que, además de al caso que él lo aplica yo lo haría con el pueblo israelí porque es exactamente igual:
“Las distinciones humanistas del tipo “el pueblo ruso
no es lo mismo que su gobierno”, que hace unos meses me parecían de sentido
común, ya no me resultan tan obvias conforme se van sucediendo las atrocidades
y la sociedad rusa se transforma toda ella en el imperio de la Z triunfante”.
(p. 361)
(Z es el símbolo de los partidarios de Putin.)
En fin, un libro que, como todos los suyos, es
absolutamente recomendable. Uno de esos libros que cuesta dejar descansar
porque sabes que lo que te espera cuando lo retomes siempre te va a hacer
disfrutar.
Algo que echo en falta en la edición es que se hubiese
incluido alguna de las fotos que comenta sobre todo en los primeros capítulos.
Emmanuel Carrère, Koljós. Traducción Juan de
Sola.
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