jueves, 11 de abril de 2019

Perro ¿come? perro




No he comprado ni una sola vez en mi vida El Mundo. Apenas en dos o tres ocasiones he ojeado en un bar la edición de Baleares. Hasta hace un par de días, y precisamente buscando alguna información a partir de la lectura de este libro, no había entrado en la edición digital. Es un periódico por el que siempre he sentido una gran antipatía seguramente, entre otras cosas,  a causa de su creador y director durante tantos años Pedro José Ramírez. Sin embargo, mi interés por el periodismo es superior a mi rechazo de este medio y por eso he comprado y leído este libro. También ha influido el hecho de que se vende como una muestra de las diferentes presiones que reciben los medios tanto del poder político como del económico algo que, además, se está poniendo de manifiesto estos días con el asunto del móvil de la ayudante de Pablo Iglesias y de la participación de las llamadas cloacas del estado y los periodistas que están a su servicio.
Entrando ya en el contenido del libro tengo que decir que en parte me ha interesado y en parte también me ha defraudado.
Jiménez, al margen de las razones que le hayan llevado a escribirlo, se compromete en muchos momentos cuando por ejemplo afirma lo siguiente: 

“(…) toda una generación de supuestos periodistas de investigación había prosperado comprando un material que sabían averiado, en un juego de favores donde la verdad era un incordio prescindible.” (p. 58) 

Acaba de terminar una reunión con Villarejo y, siguiendo con sus palabras: “Había recibido una primera pincelada de cómo funcionaban Las Cloacas y la forma en la que habían contaminado el trabajo de la prensa en España.“

De una forma más general afirma también:

“El sistema estaba perfectamente engrasado y dependía de que ninguna pieza se moviera del lugar donde había sido colocada. El poder económico protegía al poder político. El poder político protegía al poder económico. La prensa protegía al poder económico.” (p. 121)

Es decir, pone negro sobre blanco lo que tanta gente sabe y comenta y lo que me ha llevado a expresar tantas veces en el blog la importancia que tiene la “batalla” mediática. Ni que decir tiene que estos días el tema está al rojo vivo (y no me refiero al conocido programa de la televisión, que también).
En esta línea Jiménez hace referencia al ya muy conocido papel de Soraya Sáez de Santamaría en el grupo Prisa; a la multitud de periodistas en “nómina” de empresas para evitar informaciones negativas; a los llamados “Acuerdos” entre empresas y medios con el mismo objetivo; al papel de algunos periodistas, cita el caso de Marhuenda y su omnipresencia en los medios; a las peticiones de Jorge Fernández Díaz y lo que ofrecía a cambio; etc. Pero todo esto, y más cosas que cuenta,  ha salido publicado y/o sido comentado en bastantes medios. Quizá lo interesante es verlo todo junto y reconocido abiertamente por el director de un medio bastante implicado en muchos de estas actividades.
Como decía antes, también hay una parte que me ha defraudado o, por decirlo con más precisión, cuyo interés me ha resultado inferior. Me refiero a todo lo que algunos han llamado el cotilleo sobre los entresijos del diario. El tema de cómo funciona por dentro un medio sí me parece muy interesante, el problema es que en este libro hay más intrigas que informaciones relevantes y, además, con el agravante de que al utilizar pseudónimos -La Digna, El Cardenal, El Dos, Woodward, El Señorito, El Secretario,…-, a quienes no conocemos ese medio nos cuesta saber de quién se trata y, por lo tanto, ponerles cara y poder saber qué dicen o escriben. Yo lo he logrado con alguno y he de decir que me ha sorprendido algunas de las cosas que dice, por ejemplo,  de Lucía Méndez quien, por cierto, creo que fue la primera en poner un tuit quejándose del contenido del libro. Luego han salido otros en la misma dirección (claro que, al menos los que yo he visto, son de periodistas que siguen trabajando en el diario en el que, desde luego, habrá bastantes a los que no habrá gustado el libro pues no salen precisamente bien parados).
Una afirmación que resume muy bien la idea de Jiménez que transita por todo el texto sería:

“Solo éramos relevantes para el establishment de la capital, en parte porque llevábamos décadas escribiendo sobre y para él. Y porque formábamos, aunque no quisiéramos reconocerlo, parte de él.” (p. 225)

Esta pertenencia es uno de los grandes males del periodismo en este país.
Al margen de todo lo ya dicho, me ha gustado la autocrítica que hace por el tratamiento dado en el caso de Victoria Rosell o el reconocimiento de cómo se fusilan contenidos de diarios extranjeros y me ha gustado bastante menos el capítulo dedicado al rey y, sobre todo, a la reina en los que aprecio un cierto “pelotilleo”.
En resumen, un libro un tanto irregular en el interés que despierta, aunque imagino que hará pasar muy buenos ratos a sus compañeros de profesión que, seguro,  habrán acudido en masa a comprarlo. También será útil para los lectores habituales del diario.
Una duda que queda al final del libro es la razón que habrá llevado a Jiménez a escribir un libro así: ¿denunciar comportamientos espurios en la profesión? ¿ajustar cuentas con algunos de los que mandan en el periódico? ¿venganza por algunas intrigas contra él?¿hacer caja?  
Conociendo el percal la verdad es que esperaba haber encontrado más reseñas y críticas en los medios. Dejo constancia de algunas: Juan Diego Madueño hace una crítica bastante dura en elespanol.com (casualmente el digital creado y dirigido por Pedro José Ramírez); José Precedo hace una interesante entrevista al autor en eldiario.es y Alba Precedo comenta en infolibre.es los aspectos más sobresalientes e impactantes del libro y, además, incluye los principales tuits que se cruzaron en los primeros momentos; merece la pena.

David Jiménez, El director. Secretos e intrigas de la prensa narrados por el exdirector de El Mundo

lunes, 8 de abril de 2019

Fábula sobre la inmigración



De los siete libros que si no estoy equivocado se han traducido de Claudel he leído todos excepto el titulado Aromas. Me gustaron más los primeros que los últimos que son, precisamente, los que aparecen comentados en el blog dado que los otros son anteriores a su existencia. Desde luego Almas grises me encantó y lo mismo me sucedió con La nieta del señor Linh, pero las últimas experiencias me hacían dudar ante esta nueva publicación. Me decidió finalmente el pensar que un tema como este, la inmigración, seguramente sería bien tratado por un autor de la sensibilidad demostrada por Claudel.
Me alegro de la decisión porque se trata de una novela que consiste realmente en una fábula sobre el tema con los dos elementos característicos de toda fábula: su carácter didáctico y su crítica de una realidad.
Ninguno de los personajes que aparecen en el libro tiene nombre propio y se nombran bien por su profesión: el Médico, el Cura, el Alcalde, el Maestro; bien por alguna otra característica como, por ejemplo, la Vieja. Me parece muy buena idea si una de las cosas que pretende el autor es que el lector se sienta interpelado por lo que sucede en esa pequeña población de una isla mediterránea ante la aparición en una playa de los cuerpos muertos de tres jóvenes que “no habrían cumplido los veinte años.”
Los habitantes de la isla están pendientes de las inversiones de un grupo externo que desarrolle la actividad turística de su pequeña población y piensan que el hecho de que aparezcan cadáveres en sus playas puede condicionar esas inversiones.
Ya tenemos los principales elementos para que se organice la trama de la novela que consiste en ver las consiguientes reacciones de los diferentes protagonistas que, sin que esto suponga hacer spoiler, no serán precisamente muy positivas.
Dice Diana Fernández en su corta pero interesante reseña en lanacion.com.ar:

“La atmósfera es opresiva; las descripciones, impiadosas; los personajes, anodinos, cuando no infames. El crujir de este tiempo cruje en una novela tan bellamente escrita como carente de esperanzas.”

Lo reproduzco porque están magníficamente captados y  resumidos  los principales aspectos: la atmósfera (precisamente una de las grandes virtudes de este autor es la creación de atmósferas), los personajes tan negativos y la falta de esperanza. Esta falta de esperanza no se debe solo al comportamiento de los habitantes de la isla, sino que Claudel amplía el foco y así deja la siguiente impresión en la mente del Médico cuando enciende el televisor y aparece hablando un político:

 “Lo sorprendía que los políticos hablaran en mitad de la noche: ¿Para quién? ¿Y por qué? No se animó a a subir el volumen para averiguarlo, porque sabía que ni aquél ni ningún otro tenían nada que decir, nada profundo ni profundamente necesario sobre la marcha del mundo, como las cosas que uno puede encontrar, por ejemplo, en los libros. Pero el trabajo de esa gente es hablar todo el rato, hablar y nunca escuchar a  quienes les hablan, nunca parar de hablar, de vivir en las palabras, incluso en las más huecas, que se convierten en ruido estéril y engañoso, en un canto de sirenas moderno.” (p 51-52)

Tampoco sale muy bien parado el Cura y por ende la religión. Sin embargo, quienes realmente salimos mal parados somos realmente los habitantes de otro archipiélago llamado Unión Europea, un archipiélago de prosperidad en un mundo en el que esta no constituye la experiencia de la mayoría de sus habitantes, un archipiélago que solo piensa en poner fronteras y barreras a la llegada de gente de otros continentes.
A lo largo de estas doscientas páginas, que se leen prácticamente de un tirón, como lector me he sentido interpelado y, sinceramente, no sé cómo curar la mala conciencia que me he quedado. Así que el autor ha logrado lo que seguro que es uno de sus objetivos principales.
Hay una interesante entrevista en abc.es de Inés Martín Rodrigo con el autor muy centrada en su visión del tema de la inmigración.


Philippe Claudel, El archipiélago del perro. Traducción José Antonio Soriano Marco

sábado, 6 de abril de 2019

Artículos interesantes

Hace tiempo que no utilizo está sección del blog. Estaba un poco cansado de poner siempre cosas sobre los mismos temas ya que rara vez podía salirme de los de siempre. Hoy me he decidido a hacerlo porque hay varios escritos sobre lo que pasó, y no sabemos si sigue pasando, con las informaciones sobre Iglesias y el independentismo catalán. Todo lo que ha salido hasta el momento, que tengo la impresión de que no es más que la punta del iceberg, muestra que vivimos en una democracia de "baja intensidad" y que los peligros si se termina conformando un gobierno con esta derecha serán muchos.

Jesús Maraña, uno de los pocos que da la cara de verdad en las tertulias televisivas, escribe claro y "se atreve" a nombrar a algunos que están en la mente pero no en la boca de todos. (infolibre.es)

Rosa María Artal lleva ya tiempo escribiendo muy buenos artículos sobre cómo se hace periodismo en España. Este es otro más de la serie. (eldiario.es)

Iker Armentia también va en la misma línea que los anteriores. (eldiario.es)

José Precedo hace una larga y muy interesante entrevista a David Jiménez a raíz del libro que ha publicado este exdirector de El Mundo que, por lo que se ve, se ha comprometido bastante. Ayer mismo compré el libro y pronto aparecerá el comentario en el blog. (eldiario.es)

jueves, 4 de abril de 2019

El hijo espiado por la madre




En una entrada reciente hacía referencia a lo mucho que me interesaba y me gustaba la literatura que se está haciendo en Francia por su originalidad y por abrir nuevos caminos a la narrativa. Ahora tengo que decir que, desde que la conocí sobre todo a partir de Sándor Márai, también me encanta la literatura que se hace y principalmente la que se ha hecho en Hungría. De ello he dejado buena muestra en el blog. Sin embargo, hacía tiempo que no compraba ninguna publicación de autores húngaros y al ver este libro y leer la contraportada me pareció que estaba ante un libro distinto.
Así es. Como escribe Andrés Ibáñez en su  reseña para el abc.es: “«El expediente de mi madre» es un libro muy extraño, a caballo entre el reportaje, el relato autobiográfico y la novela, y no acaba de ser ninguna de las tres cosas. Está escrito siempre por caminos oblicuos, moviéndose por las zonas de sombra, como un espía que traza un camino extraño para no ser predecible, para que no resulte fácil seguirle.
(…) Es uno de esos libros en los que a veces uno se pierde pero sigue maravillado, como el que se pierde en un palacio. Su lenguaje es de gran exuberancia y riqueza.” (Subrayado en el original.)
Creo que aquí se mencionan los principales aspectos del libro. Por un lado, la mezcla de géneros, pero, además, la dificultad que se tiene a veces para seguir el recorrido que hace al autor tanto en lo que a los hechos se refiere como a las emociones que a él le procuran.
La historia, dicho de una forma muy resumida, consiste en que Forgách descubre en un momento determinado unos expedientes en los que aparecen tanto su padre como su madre como “investigadores e informadores” de las fuerza de seguridad del régimen comunista húngaro. Ambos eran judíos, nacidos en Israel pero profundamente antisionistas. Primero fue el padre el agente secreto enviado a Londres a principios de los sesenta. Luego lo fue la madre a partir de 1975 a raíz del ingreso del padre en una institución psiquiátrica, es decir, hubo una especie de herencia o relevo familiar. Forgách tuvo acceso sobre todo al expediente de la madre donde descubre que hasta él mismo fue investigado.
De sus progenitores dice en un fragmento que me parece muy bueno por lo bien que defina la situación de ambos:

“Ellos dos eran habitantes de ninguna parte, ni de Hungría, ni judíos, ni extranjeros, ni camaradas, ni compatriotas. Para ser camaradas eran demasiado judíos, para ser judíos eran demasiado comunistas, como comunistas eran demasiado húngaros, como húngaros eran demasiado extranjeros.” (p. 362)

 El autor va relatando la historia no de una forma cronológica sino alternando momentos en los que habla de la labor de espionaje de los padres, de la madre sobre todo, para lo que utiliza fragmentos de los informes de los diferentes responsables que tuvieron, con elementos de su biografía y de la biografía familiar. Mezcla así el lenguaje propìo de la narración con el burocrático de los expedientes que de esta manera se ven casi como una caricatura. En este aspecto sí tengo que decir que en más de una ocasión he andado un tanto perdido y sin saber muy bien a qué hacía referencia lo que se decía en dichos expedientes.
Evidentemente, tuvo que ser muy duro para el autor descubrir no solo el papel de su madre, sino además el hecho de haber sido espiado por ella. Así en un momento determinado aparece el siguiente fragmento en nota a pie de página:

“Qué bien le habría sentado una cama limpia, hecha, una buena taza de té caliente y algunas palabras cariñosas. La falta de manifestaciones de anhelada delicadeza no puede sino suscitar la pregunta: ¿en qué falló tanto la madre que ese deseo de amor solo tiene como resultado una dolorosa maraña en algún lugar de su corazón o su cabeza?¿Le están sirviendo el plato que cocinó? (p. 255) (Este texto aparece con el título de: Una madre mezquina (¡) (1977) (todo ello sic)

De las críticas que la editorial reproduce en la contraportada hay alguna expresión que me parece que define también muy bien el libro: “Memorias laberínticas” o “La prosa es densa, repleta de detalles, viva…”. Esto es, no estamos ante un texto especialmente fácil que se pueda leer deprisa como podría dar a entender el tema que trata, al contrario, a veces la construcción de las frases, la prolija descripción de los edificios que hace en otras ocasiones o incluso todo un capítulo de casi 40 páginas hecho en forma de poema, hacen que la lectura tenga que ser muy atenta y, como decía antes, en algún caso sin que esté demasiado claro a qué hacen referencia algunas de las cosas que se leen.
Es un libro recomendable por el fondo y la forma, pero también un libro que puede aburrir en varios momentos.

AndrásForgách, El expediente de mi madre. Traducción Teresa Ruiz Rosas.



domingo, 31 de marzo de 2019

“Gracias a todos”: Nuevas citas XIII


Hace ya siete años que autoedité Gracias a todos en el que recogía la mayoría de las citas que había ido recopilando hasta entonces. En este tiempo he seguido con mi vieja costumbre y he pensado que sería una buena idea publicarlas en el blog organizadas por temas, con algún comentario si se tercia, tal y como hice en el libro.


Intelectual

“¿Cuál es la definición de intelectual? Un intelectual es aquella persona para la cual los problemas políticos son, ante todo, problemas morales”.
Max Aub citado en
Gregorio Morán, El cura y los mandarines


Ironía

Pero el ingenio o la ironía para un chico como el Sueco es como si le sujetaran su columpio, pues la ironía es un consuelo humano y está fuera de lugar cuando uno se desenvuelve como un dios.
Philip Roth, Pastoral americana


Ironía, optimismo, edad

En un mundo ideal un joven no debería ser irónico. A esa edad, la ironía impide el crecimiento, atrofia la imaginación. Lo mejor es empezar la vida con un estado mental alegre y abierto, creyendo en los demás, siendo optimista, franco con todo el mundo en todo. Y después, cuando llegas a entender mejor las cosas y a las personas, desarrollar un sentido de la ironía. La progresión natural de la vida humana va del optimismo al pesimismo, y un sentido de la ironía ayuda a atenuar el pesimismo, ayuda a producir equilibrio, armonía.
Julian Barnes, El ruido del tiempo


Juventud

-No lo sé. ¡Las mujeres de cuarenta años se resignan tan fácilmente! Nosotros los jóvenes tenemos que protestar, aunque sea para nada. Tal vez porque nuestras fuerzas están intactas aún, porque la vida todavía no nos ha machacado. Aunque no ignoremos que es dura, tenemos ganas de afrontarla, ver hasta dónde puede llevarnos, aunque no sea más que para medir nuestras fuerzas. ¿Lo comprendes?
Marie Vieux-Chauvet, Amor, ira y locura


 Laico (Estado)

Laico es el Estado que, desde el respeto de las normas jurídicas, nos permite llevar nuestra existencia como mejor nos parezca, como nos dé la gana, a la luz de nuestras propias elecciones en conciencia.
Alain Finkielkraut, La identidad desdichada


Lectura

Los optimistas están convencidos de que leyendo libros combaten su ignorancia, los realistas sólo están seguros de su ignorancia. El conocimiento o la falta de conocimiento es lo que de verdad distingue a las personas. La edad, el dinero, el aspecto no importan nada: la verdadera diferencia es ésa.
Giorgio Faletti, Apuntes de un vendedor de mujeres


Le entristecía no tener ningún conocimiento profundo de nada en particular; salvo, tal vez, del 1066, puesto que había releído muchas veces Año decisivo. Se dijo que debía leer más libros para adquirir un bagaje de la vida y del mundo. Anotó para sí: “Adquirir bagaje”.”
Peter Kocan, Aires nuevos
  

“Y cuanto más reflexionaba, más reconocía que nuestro mundo espiritual se compone de millones de mónadas de impresiones individuales, de las que sólo un número ínfimo procede de lo contemplado y experimentado, mientras que todas las demás las debemos a los libros, a lo leído, a lo transmitido, a lo aprendido.”
Stefan Zweig citado en
Volker Weidermann, Ostende 1936, el verano de la amistad


Había pasado buena parte de la infancia y de la juventud encerrado en una celda con un libro. Lo que pensaba del mundo era el reflejo de lo que había leído: la lectura llenaba el vacío que normalmente se reserva a la familia y a la comunidad.
Edward Bunker, La educación de un ladrón

 
Deberíamos leer menos, afirmó Z. con mal humor. A su modo de ver, leer era una mala costumbre, tan perjudicial para la salud como el tabaco. “Si me hubiera dedicado a pensar en lugar de hojear libros o incluso periódicos”, prosiguió, “probablemente me habría vuelto más inteligente.”
H.M. Enzensberger, Reflexiones del señor K. o migajas que dejaba caer, recogidas por sus oyentes
  

Leer es buscar. Leer es buscarse. Siempre.
Alberto Barrera Tyszka, Patria o muerte
  

“¿Para qué sirve una novela? Hay una forma de responder que incomoda a escritores y críticos por igual, pero que no por ello es menos verdadera: para vivir las vidas que no tenemos. Para observar aquello que no podríamos atisbar de otra manera. Para romper el drástico aislamiento que nos separa de los otros. Para sentir, por un instante, como sienten los otros. Para imaginar, por un instante, la vida de los otros. Para ser, por un instante, otros.”
Jorge Volpi en el Prólogo a
Masuji Ibuse, Lluvia negra
  

Leer –literatura- restaura nuestra dignidad y nuestro rostro original, humano, el que existía antes de verse empañado y difuminado entre las masas. Antes de que fuéramos expropiados, nacionalizados y vendidos al por mayor al peor postor.
David Grossman, Escribir en la oscuridad
Pero en este momento leer se relaciona cada vez más con una cultura en vías de disolución. No desaparición sino disolución: la manera en que un sólido se disuelve en un líquido, en que sigue estando ahí pero sin una presencia distintiva.
La letra escrita, está claro, no es la forma hegemónica de narrar en estos tiempos. Pero sigue siendo una forma que unos cuantos buscan.
Martín Caparrós, Lacrónica


Leer, por lo pronto, es una actividad posterior a la de escribir: más resignada, más civil, más intelectual.
Jorge Luis Borges, Historia universal de la infamia


Está bien haberlo leído todo de un autor y releerlo ociosamente, como quien deambula por una casa familiar.
Emmanuel Carrère, Conviene tener un sitio adonde ir


(…) los lectores aprenden a ponerse en la piel del otro a través de los personajes de las narraciones; la actitud empática que surge de la lectura contribuye decisivamente al desarrollo de un sentido más profundo de la justicia.
Ignacio Sánchez-Cuenca, La superioridad moral de la izquierda



Lectura, libro

La lectura altera la apariencia de un libro. Una vez leído, ya nunca parece el mismo; la gente deja su impronta individual en un libro que ha leído. Uno de los placeres de la lectura es percibir esa alteración de las páginas y el modo en que, leyéndolo, te apropias del libro.
Paul Theroux. El viejo Expreso de la Patagonia



Lectura, Literatura, Educación,

-        Usted trabaja en educación, me imagino.
-        Doy neerlandés en secundaria.
-        Eso me temía. En su pregunta detecto la otra gran confusión, a saber: que hay que conseguir que los jóvenes, o los mayores, o los minusválidos, o los vegetarianos, lean. Eso no es necesario en absoluto. No tenemos que querer conseguir que nadie lea, del mismo modo que no tenemos que conseguir que vayan al cine, escuchen música, practiquen sexo o beban alcohol. Un instituto no es lugar para la literatura; su sitio está más bien en la lista que acabo de enumerar; con el sexo y las drogas, con todas las cosas que disfrutamos sin que nos obligue nadie. ¡Lecturas obligatorias!¿Cómo se les ocurre algo así?
Herman Koch, Estimado señor M.


Lectura, libros

Las grandes bibliotecas públicas han sido la base de la educación y la cultura del siglo XIX y de muchos genios del siglo XX. Pero tener una colección de libros propios, que te pertenecen, que no se tienen  en préstamo, es crucial. ¿Por qué? Porque es esencial leer lápiz en mano.
George Steiner, Un largo sábado. Conversaciones con Laure Adler


Lectura, escritura

Me sorprenden personas que quieren ser periodistas y no leer: como un aprendiz de pianista que se jactara de no escuchar música. No se puede escribir si haber leído demasiado; no se puede pensar –entender, organizar, hablar- sin haber leído demasiado.
Martín Caparrós, Lacrónica


Lectura, libro

Pero un libro es una sugerencia de conversar: una persona le habla a otra y en ese intercambio el sonido audible es o debería ser natural. Así que yo leía en voz alta, teniéndome como público, y daba voz a las palabras de otro.
Teju Cole, Ciudad abierta


Lectura, Escritura.

Para aprender, un escritor debe vivir más que leer. Para entretenerse, un escritor debe escribir más que leer. Así podrán surgir libros que el público lea para aprender y entretenerse.
Karl Kraus, Dichos y contradichos


Interesante la idea de ironía de Barnes. Para pensarla.
Ojalá la juventud actual se aplicase esta idea, aunque ya sé que no lo tiene fácil.

Es muy grande la cantidad de citas relacionadas con la lectura, tanta que he preferido hacer otro grupo con los que se refieren sobre todo a los libros aunque no siempre es fácil diferenciar ambos conceptos. De todas formas he dejado aquí algunos que tocan más de un término.

Efectivamente, como dice Zweig, la mayor parte se lo debemos, o yo al menos se lo debo, a los libros.
La idea de Bunker responde a una experiencia personal interesante. Mi caso es muy distinto pues apenas leí en mi juventud.
El señor Z siempre provocando, pero ¿se puede leer sin pensar?
Magnífico el resumen que hace Volpi.
Estoy entre los que buscan, y de qué manera. Caparrós es, además,  uno de los grandes responsables de lo que me gusta el género que practica.
Puede que tenga razón Borges, pero a mí me hubiera encantado saber escribir.
Totalmente de acuerdo con Carrère aunque soy poco “relector”.
Lo que dice Theroux lo he notado en más de una ocasión y esta es una de las razones por las que no me veo leyendo con ebook, al menos mientras la vista me lo permita.
Lo de Koch es un tema que siempre se discute en los institutos y sobre el que no es fácil ponerse de acuerdo ni terminar de saber qué es lo mejor, desde luego la obligatoriedad no ayuda mucho, pero tampoco está mal que los jóvenes lean algo.
“Lápiz en mano”, lo hago ¡hasta con las obras de ficción!


sábado, 30 de marzo de 2019

Criticando a los modernos



Me gustó mucho el libro que Lenore dedicó a la movida madrileña y la crítica que en él se contenía sobre esa época y sobre cómo se había utilizado políticamente. Ahora ha leído este dedicado también a una época concreta que fue publicado en 2014 y es, por tanto, anterior en varios años al dedicado a la movida.
El tema de los hípsters me interesa relativamente. Está muy lejos de mí tanto por la edad, como por la situación geográfica y los intereses vitales. Sin embargo, he oído esa expresión tantas veces que tenía ganas de enterarme un poco de qué iba el tema.
Tengo que decir, como advertencia previa, que lo que realmente me interesa son los aspectos sociológicos y políticos y no tanto los culturales. En este sentido, hay páginas y páginas de este libro de las que no he entendido absolutamente nada. El autor es crítico musical y mi desconocimiento de la música de estas épocas es enciclopédico. Escucho música a diario, pero siempre se trata de jazz y, de vez en cuando, música clásica. No solo desconozco los diferentes grupos o solistas que se mencionan sino también la mayoría de los conceptos que se utilizan. No obstante, hay suficientes aspectos descriptivos de una época y críticas a la misma que el libro en su conjunto me parece realmente interesante. Hay incluso un capítulo, el 9, en el que bajo el título de Por qué nos hacemos hípsters lo que hay es una fuerte autocrítica.
Reproduzco una serie de fragmentos que explican bien de qué tipo de crítica se trata:
 
 “Ambas culturas, la hispter y la yupi, se parecen porque son mecanismos de distinción. También comparten valores como el culto a la independencia (frente a las relaciones colectivas), el refinamiento estético (frente al compromiso político) o el apoyo a la meritocracia (frente a la lucha por la igualdad).” (p. 32)

 “Quien se mueve entre modernos de Madrid y Barcelona sabrá que impera una enorme tolerancia hacia comentarios del tipo “no puedo quedar para ver el fútbol porque hoy vienen los panchitos a traerme los muebles”, “me han robado en las Ramblas, pero no un marroquí, sino alguien normal” o “yo no voy a la piscina pública porque se ha llenado de peruanos” (todas son literales y las he escuchado personalmente).” (p. 72-73) (Este texto inicia un epígrafe titulado Racismo hípster.)

“La creación de una cultura pop premium (más cara, estirada y con los medios de comunicación de su parte) funciona como herramienta para legitimar el clasismo. El Sónar es un festival pijo de Barcelona, lo cual siempre da derecho al triple de atención mediática que a Monegros, que se celebra en Huesca y suele atraer público de clase trabajadora.
(…)
En realidad, el PSOE fue experto en desactivar cualquier tipo de cultura realmente popular, empezando por las fiestas patronales, que privatizaron y trasladaron a pabellones deportivos alejados de los barrios.” (p. 85)

“No creo que sea casualidad que la década más glamurizada por los hípsters sea la de máxima derrota y desorientación de la izquierda. (…) Básicamente, fueron años del capitalismo rampante, El Fin de la Historia y de partidos socialistas europeos adoptando de manera entusiasta el credo neoliberal.” (p. 135)

“La mayoría de la prensa cultural es reaccionaria porque se concibe como un escaparate de la industria, pero también por su pasividad para cuestionar el modelo político, incluso en momentos de emergencia social como el que vivimos.
Una de las razones principales para meterme en este libro era poner por escrito que apuntarse a la cultura indie, hípster o moderna no me parece un signo de sofisticación, sino de paletismo.” (p. 150-151)

Como se puede apreciar bien en estos ejemplos, Lenore realiza una crítica fundamentalmente política y me atrevería a decir que ideológica de este movimiento o momento cultural.
Esta dura crítica que, como decía antes, no está exenta de la correspondiente autocrítica, hace que no sea precisamente bien recibida en algunos sectores. Así, por ejemplo, David Morán escribe sobre el libro en rockdelux.com (revista en la que, precisamente, escribía antes Lenore):

“Esto es intentar colar como ensayo cultural un artículo de opinión más o menos extenso, con argumentos tan peregrinos como que en los supermercados pijos de Madrid suena Nouvelle Vague (…) o que todos los conocidos del autor aprovechan las escapadas a festivales indies para visitar el centro de arte contemporáneo de la ciudad y engullir el menú degustación del restaurante de moda.
(…)
firma un libro que es poco más que una endeble coraza teórica para justificar su renacer como azote de lo independiente.”

Sin embargo, Carlos Prieto, colega cuando se publica el libro, dice en elconfidencial.com:

“(… )ndies, hipsters y gafapastas es también un libro beligerante que va a levantar ampollas: Lenore reparte mandobles a diestro y a siniestro (la lista de grupos, escritores, directores y medios de tendencias vapuleados en el ensayo es demasiado extensa como para comentarla con detalle). Toda una rara avis, por tanto, en el contexto del periodismo cultural cañí, más amigo de la reseña promocional y la obsesión con las tendencias que de los enfoques conflictivos.”
Reseña que termina con: “En dos palabras: haciendo amigos.”
(Subrayado en el original.)
  
Como se ve, estamos ante un texto que da para mucho debate en el que, por lo dicho al principio, no me atrevo ni a participar ni a adoptar ninguna postura aunque creo que sí debe de tener razón el autor en más de una de sus críticas. De hecho me he quedado espantado cuando en la página 56 habla de la revista Naif como de “revista de tendencias para modernos de cero a doce años.”
De todas formas tengo la impresión de que estos temas ya deben de estar un poco pasados de moda dado lo efímero que se vuelve todo en una época de tan gran aceleración histórica como la que vivimos.
Algo que me ha chocado desfavorablemente es la confusión en varias ocasiones del “por qué” con el “porque”. Me extraña además encontrarlo en un libro editado por Capitán Swing que suele cuidar bastante estas cosas.

Víctor Lenore, Indies, Hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural.







viernes, 29 de marzo de 2019

Otro interesante escritor francés




No me canso de descubrir escritores franceses. Como he dicho ya en varias ocasiones en el blog son los que están haciendo obras más originales y, además, muy bien escritas. Tienen también la virtud, al menos para mí es una virtud, de escribir novelas no demasiado extensas, pero en las que son capaces de contar cosas importantes.
En este caso se trata de un escritor con bastante obra publicada e incluso alguna premiada y, sin embargo, creo que esta es la primera vez que se traduce al castellano.
De esta novela ha dicho Ian McEwan : “La “banalidad del mal” encuentra su más desnuda y bella expresión en esta estremecedora, concisa y extraordinaria novela”. (Reproducido por la editorial en la contraportada).
Calificativos muy bien escogidos. Concisión porque cuenta la historia en apenas 117 páginas; estremecedora porque lo es la situación que se crea y los diálogos entre los tres personajes protagonistas; y extraordinaria por lo bien que está narrada y regulada la creciente tensión.
Según la iba leyendo (lo que he hecho prácticamente de una sentada) me iba pareciendo más y más una obra de teatro. Apenas dos escenarios, tres personajes principales y dos secundarios aunque, eso sí, bastante relevantes; muchos diálogos y un ritmo tranquilo que ve llevando la tensión hasta el final.
La historia de forma muy resumida es esta: tres soldados alemanes, durante la Segunda Guerra Mundial, que están destinados en un pueblo de Polonia en un destacamento que se dedica a fusilar judíos, obtienen un permiso de su oficial para salir de “caza” y no fusilar mientras tanto; descubren a un judío escondido en el bosque, lo detienen,  y se refugian en una casa porque tienen frío –están en pleno invierno- y hambre; allí se dedican a preparar una comida momento en el que aparece un polaco que, por señas, les plantea compartirla y les ofrece aguardiente a cambio. Nada especialmente dramático, pero es que tienen que llevar al judío “cazado” al destacamento.
Un tema interesante que hace que esta obra sea, en palabras de Cristina Monteoliva en su buena reseña para laorilladelasletras.blogspot.com: “(…) una magnífica novela para comprender que los bandos son cosa de los poderosos y que muchos soldados son esclavos de sus decisiones. Una obra en la que comprender lo difícil que es pensar en la supervivencia ajena cuando se lucha por la propia.”
Porque, efectivamente, de lo que trata es de cómo resolver la tensión entre el interés personal y las ideas morales.
Una novela corta muy recomendable por el tema y en gran medida por el tratamiento que le da Mingarelli del que espero que se traduzca alguna obra más.

Hubert Mingarelli, Una comida en invierno. Traducción Laura Salas Rodríguez.

miércoles, 27 de marzo de 2019

Novela sobre los reporteros



Soy un lector apasionado de libros de reportajes escritos por buenos periodistas. He leído todo lo traducido del gran Kapuscinski -por cierto qué gran título ha escogido Lobo para su primera novela-, casi todo lo escrito por otro grande como es el caso de Martín Caparrós y también, por supuesto, de varios periodistas españoles de la vieja escuela como Vicente Romero o el mismo Lobo y últimamente no me pierdo un libro de los más jóvenes Mikel Ayestaran y Xavier Aldekoa que están haciendo un magnífico trabajo.
Todo esto viene a cuento para significar que tanto el autor como el tema del libro me apetecían mucho. Hace unos tres años tuve ocasión de leer el último libro de Lobo, Todos náufragos, esa mezcla de memorias con un poco de todo en el que el autor demostraba que era capaz de escribir algo diferente a los reportajes,  y de hacerlo además de con una magnífica escritura, con una gran sensibilidad y me atrevería a decir que valentía.
Pero vayamos a la novela. Pronto aparece la siguiente reflexión del autor:
“El reportero que decide ir a una guerra no es consciente de la letra pequeña. Está ¡deslumbrado por la fuerza narrativa de la historia, se siente inmortal. Si el jefe le dice, te vas a Ruanda, o a Chechenia, el reportero pierde el coraje de pronto. Surgen los sudores fríos, la inseguridad. No es solo el medio físico a perder una pierna, un brazo, la vida entera. Es el temor a no saber contar la historia.” (p. 92)
La traigo aquí a colación por esta última frase que me gustaría ligarla precisamente con la primera que aparece en el libro después de la dedicatoria: “Este es un libro de ficción; el tiempo dirá si llega a novela.”
Tengo la sensación, basada también en algún que otro tuit de Lobo, de que no las tenía todas consigo, de que había mucho respeto y algo de miedo ante la publicación de su primera obra de ficción. No sé lo que dirá la crítica especializada, y de hecho tampoco me importa, a mí desde luego me ha parecido un libro magnífico más allá de cualquier clasificación de género. No obstante, también encuentro que tiene algún que otro defecto.
La historia cuenta los avatares de sus tres principales protagonistas,  un reportero, su fotógrafo acompañante y una fotógrafa, a lo largo de un extenso período de tiempo que abarca desde 1983 a 2012 y un amplio abanico de conflictos internacionales desde los Balcanes al principio hasta Libia y Siria al final, pasando por  Ruanda, Kabul o Irak. De vez en cuando aparecen también los momentos de descanso en París y, sobre todo, Londres.
Este extenso recorrido es una de las grandes virtudes de la novela al ponernos en contacto con algunos temas un tanto olvidados y ofrecer una buena información, pero aquí está también, en mi opinión, su principal defecto que no es otro que centrarse demasiado en los contenidos propiamente periodísticos y dejar un poco de lado las historias de sus protagonistas. En este sentido creo que a veces hay un exceso de nombres y hechos, algo bastante típico de un reportaje periodístico, y falta un mayor tratamiento de las ideas, reacciones y sentimientos de los personajes.
Evidentemente, toca temas tremendamente importantes como el uso de la violación como política por parte de las tropas serbiobosnias o la vida de las mujeres afganas, aquí con una interesante visión sobre el burka. Desde otro punto de vista me parecen muy esclarecedoras las páginas que dedica a la crisis de los medios a partir del año 2008 (creo que aquí la base es su propia experiencia). Así, por ejemplo, el siguiente fragmento:

“Se esfumaron las historias complejas que trataban de explicar un mundo complejo. Lo intrascendente reemplazó a lo importante, la prisa a la paciencia, la nada desplazó al todo. Los medios se inundaron de historias banales de titulares picantes sobre personajes irrelevantes. Expulsaron de las redacciones a  los veteranos y a los insumisos. Primaba la obediencia debida.” (p. 192)

Menciono temas, pero no he dicho nada sobre los personajes, ni siquiera sus nombres. Hay una interesante entrevista de ClaraMorales con el autor, en infolibre.es, en la que este comenta en quién se ha basado para construirlos y a la que remito al lector interesado.
Es una novela que se lee con enorme interés y en algunos momentos con emoción. En la que pasan muchas cosas que, además,  están muy bien contadas; en este sentido el penúltimo capítulo, que se desarrolla en Mogadiscio en 2012, me parece magnífico por la gran capacidad de Lobo para narrar unos momentos tan intensos tanto por la acción exterior como, sobre todo, por lo que pasa en el interior de los personajes.
Volviendo al principio, no sé si estamos ante una novela, e insisto que ni me importa, pero sí que estamos ante un texto magnífico que merece la pena leer y pasado un tiempo releer. Un verdadero homenaje a la profesión.

Ramón Lobo, El día que murió Kapuscinski.